Es el alter ego del director (la pareja le reprocha su pretensión de querer poner belleza entre tanto dolor) y también es uno más entre los espectadores (ubicados todos en el escenario), hasta que finalmente se revela como el verdadero protagonista de este drama cuestionando, a su vez, la labor de los actores:
Por un lado, pone en evidencia el fracaso de toda representación, su torpe intento de emular la vida o pretender embellecerla con una copia. Por otra parte, desmenuza la noción de dolor con la frialdad de un entomólogo, forzando a sus actores (
Es como si las lágrimas que este drama debiera arrancar por su desgarradora temática, por las certeras palabras con que está escrito, quedaran retenidas en algún lugar del cerebro. No es fácil acercarse a esta obra y tener que prestar oído a la andanada de situaciones incómodas, deseos ocultos, idealizaciones y rivalidades que la pareja protagónica insiste en recordar mientras la puesta va hundiendo sus raíces en cuestiones de orden filosófico.
Hasta los objetos utilizados en escena (un pianito de juguete, una jarra de leche, un piano «de verdad» enmudecido con un embalaje plástico) revelan una presencia inquietante, y todo bajo una luz blanca -y antidramática-que azota a intérpretes y espectadores por igual. No hay respiro. Dentro de este siniestro «pasen y vean» el dolor se hace verbo y la vida se revela como un lugar absurdo.
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