16 de mayo 2001 - 00:00
El humor limpio y elegante se quedó sin su voz
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Juan Verdaguer.
Todo ello se encauzó a partir de una escalera. Había comenzado la escuela secundaria, cuando su madre lo interesó en un número de circo francés: subir a una escalera de cuatro metros, de una sola hoja, y, una vez arriba, ponerse a tocar el violín. «Me llevó quince años aprender a subir, y necesité otros siete para bajar», bromeaba. Subía, y allá arriba tocaba desde czardas hasta «La cumparsita». Con ese número se lució en Uruguay, Chile, Brasil (en los lujosos casinos Copacabana y Urca, donde tomó la costumbre del smoking), España, México, y Norteamérica (cinco años en Las Vegas), donde llegó en 1942.
Verdadero señor, nunca apeló a la grosería, ni necesitó la menor palabrota para hacer reír. Le bastaba dejar que el propio público captara por sí mismo alguna segunda intención, mientras él lo miraba fijamente en silencio, al final de una pitada. Con ese estilo trabajó a lo largo de medio siglo, y encabezó revistas de teatro, y programas de televisión, junto a figuras como José Marrone, Mimí Pons, Joe Rígoli, Susana Mayo, Tato Bores, Ambar La Fox, Javier Portales, y Ernesto Bianco.
Circo y televisión
A lo largo de once años, de 1960 a 1970, hizo sus propios programas de televisión, y a mediados de los '60 también tuvo su propio circo, que en realidad era un espectáculo inhabitualmente fino, prácticamente una revista, sólo que se desarrollaba bajo la lona, en gira por provincias. Más tarde prefirió volver a las giras unipersonales por todo el continente: «Siempre es más fácil cambiar de público que de chiste». Quizá por la misma razón, también cambió varias veces de esposa.
En cambio, nunca quiso cambiar de estilo. Aunque admiraba a Pepe Arias por la capacidad de mezclar comicidad y dramatismo, Verdaguer se animó a brindar apenas cuatro muestras de su propia capacidad de actor dramático: las películas «Rosaura a las diez» (1958, Mario Soffici, con su tímido y energúmeno personaje de Camilo Canegatto), «La herencia» (1964, Ricardo Alventosa, que tuvo problemas con la censura), y, más brevemente, «El amateur» (1999, J.B. Stagnaro), y la pieza teatral «Blum», de Enrique Santos Discépolo, que el humorista protagonizó en 1963 en el Odeón, junto a Silvia Legrand.
Con el tiempo, los gustos del público argentino fueron cambiando. La gente empezó a festejar más el grito y la guarangada, que el humor fino, casi cerebral, de un señor que nunca iba a perder la elegancia, ni iba a humillar a sus partenaires. El señor del humorismo se convirtió entonces en un referente citado con admiración, pero cada vez menos solicitado. Por suerte el resto del continente, de Los Angeles a Montevideo, lo siguió aplaudiendo. Su desquite en estas pampas se daría recién en el 2000, con «Masters», la obra que hizo, ya con 84 años a cuesta, y siempre de smoking, en el Bauen, junto a otros dos grandes, Mario Clavel (76 años) y Carlos Garaycochea (apenas 70). Pero esa también fue su despedida.




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