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22 de junio 2006 - 00:00

"El libertino"

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Samantha Morton y Johnny Depp intercambian prolijas mordacidades en «El libertino», de Laurence Dunmore.
«El libertino» («The Libertine», Gran Bretaña, 2004; habl. en inglés). Dir.: L. Dunmore. Int.: J. Depp, J. Malkovich, S. Morton, R. Pike y otros.

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Mirando a cámara, el libertino Conde de Rochester le dice al público apenas comenzado el film: «No les voy a gustar». Lo asegura varias veces y explica por qué: porque es un libertino, claro. Un sujeto, como decían Les Luthiers, envidiado por los hombres y deseado por las mujeres (aunque, amplio al fin, también les promete sus dotes a los hombres que así lo deseen).

Antes de verlo en acción, al espectador se lo invita de esta forma a no gustar del libertino. Casi se tiene la sensación de que el efecto no sería muy distinto si apareciera el director, el debutante Laurence Dunmore, diciendo a cámara que su película sí va a gustar.

Aunque no lo expresaría, seguramente, con ese tono de Johnny Depp, tan profesionalmente lascivo. Pero todo lo que viene a continuación, tal como se temía, no termina nunca de confirmar la voluntad no gustativa del protagonista: es decir, su libertino puede no gustar, pero tampoco es para exagerar; no es una cuestión visceral como él y el autor querrían, sino que puede no gustar porque, paradójicamente, no logra provocar jamás ese efecto escandaloso que se buscó. Todo es tan calculado, académico y ligeramente obvio, que aunque pueda valorarse la reconstrucción de época, las pelucas, los carruajes y los vestuarios, la película no despega nunca del nivel declamatorio y, lo que es peor, su erotismo recuerda por momentos a las envejecidas esfumaturas, filtros y estilizaciones del cine de David Hamilton en los '70 (el de «Bilitis» y «Laura, las sombras del verano»), es decir, una de las peores formas de filmar escenas eróticas.

La película, basada en una obra de teatro de Stephen Jeffreys, relata la historia de un Casanova inglés, el tal Conde de Rochester, protegido y combatido, al mismo tiempo, por el rey Carlos II (si faltaba una competencia de egos en el elenco, al monarca lo interpreta John Malkovich, que hacía de Rochester en la versión teatral). Rochester compone rimas licensiosas, recorre aposentos con su mejor cara de mosquetero perverso y, por sus conductas, se hace expulsar de la corte por el rey.

Antes, y en uno de los momentos más interesantes de la película, se convierte en el Pigmalión de Elizabeth Barry, una actriz abucheada por el público y en la cual sólo él encuentra un talento inexplorado. La notable Samantha Morton, por fortuna, encarna ese papel. Algunas de las escenas que juegan juntos son las menos encorsetadas de la película.

Y, tal como se ve venir casi desde el comienzo, no hay libertino sobre quien no recaiga el peso de la recta moral.

Rochester no sólo no tuvo la suerte de vivir tantos años como Casanova, sino tampoco de que su historia llegara a ser filmada alguna vez por Fellini.

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