17 de enero 2005 - 00:00
El mercado foguea a jóvenes desconocidos
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«La agente Scully sufre por Mulder», de Santiago Iturralde, integra la muestra de la Galería Z-Lab que, junto con las de la Fundación Proa y el Malba, convierte el arte joven en protagonista principal del mercado este verano.
«La Re-colección» es un emprendimiento artístico de autogestión que surgió hace más de tres años casi de modo casual, cuando los artistas Fernando Brizuela, Mariano Dal Verme y Beto de Volder, comenzaron a reunir en su lugar de trabajo, la sala de montaje del Malba, obras que algunos amigos les dejaban como regalo y se sumaron a las propias. Así, subrepticiamente el subsuelo del Museo comenzó a incrementarse con una ecléctica colección que hoy tiene 200 obras y se fue poblando con donaciones de Benito Laren, el grupo Mondongo, Ana Gallardo, Fabiana Imola, Jorge Gumier Maier, Marina De Caro, Nahuel Vecino, Karina El Azem, Roberto Jacoby, Nicola Costantino, Marcos López y Esteban Alvarez, entre otros.
Finalmente, tiene un excelente montaje, un catálogo con buenas reproducciones, un texto de Noorthoorn y de cada uno de los artistas, y un criterio selectivo cuyo único «pecado» podría ser el esteticismo, pues allí nadie va a toparse con el drama.
Entre los trabajos de estos jóvenes que sólo unos pocos expertos conocen, hay buena pintura. Hay misterio además en los pequeños cuadros de Leila Tschop, en sus relatos donde algo inquietante acaba de acontecer o va a suceder, en las obras fragmentadas de Valeria Gopar, en los paisajes bélicos de Patricio Larrambebere y, sobre todo, en la magia que logra imprimir en la tela Santiago Iturralde, cuando pinta de modo textual imágenes de la TV, hasta con el logo del canal que las emite.
Sobre la serie «Emociones», Iturralde escribe: «El cuadro no es una excusa para mostrar una serie de pantallas; si ésa fuera la intención tomaría fotografías, impresiones digitales o directamente video. Creo en el cuadro como objeto amado, único y revelador, un rectángulo que nunca se cansa y ofrece una vivencia más que una imagen emblemática. Mis emociones, son emociones al óleo, una materia tímida pero sincera».
La muestra también se destaca por la belleza de los objetos, como las cajas blancas de Santiago Conte Mac Donell, donde se advierte el juego con las sutilezas de la luz; y otro ejemplo son los complejos origamis de la serie «Entomología cotidiana», realizada con tarjetas de subterráneos por el grupo :A1. Andrés Toro suma su ironía en este rubro, presenta un soldadito de juguete trepando por su «Escala descendente de valores» de color azul; y Mariano Dal Verme le agrega armonías, en los collages que realiza con los muestrarios de colores de las pinturerías, y en las cajitas y construcciones, donde con minas de lápices de diversos grosores forja imágenes de máxima precisión.
La fotografía está bien representada con las rutas envueltas en una bruma azulada de Alejo Schatzy; en los retratos documentales de su generación de Bobby Lightowler; en las extrañas perspectivas de las «Piletas» de Fabián Muggieri, o los coloridos y barrocos escenarios de Alejandra Urresti.
Luego, la característica especial de esta muestra, es la sutileza. En esta vertiente se destacan los bordados sobre papel cuadriculado de Lucila Amatista, y los que con hilo blanco sobre papel de seda también blanco, dibuja con una máquina de coser Nilda Rosemberg. Además figura la gracia de los dibujos de Ignacio Valdéz, el equilibrio que logra al articular la línea con la sombra para construir sus siluetas enigmáticas.La estética sin conflicto de la muestra está representada en los bucles ornamentales de Cynthia Kapelmacher, que alegre y vertiginosamente bajan de una sala a otra.


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