15 de octubre 2007 - 00:00

El mercado ya cree haber hallado al nuevo Pavarotti

Antes ydespués: abajo, PaulPotts cuandose presentóal concursode TV. Allado,transformadopor lasoperacionesde imagen.
Antes y después: abajo, Paul Potts cuando se presentó al concurso de TV. Al lado, transformado por las operaciones de imagen.
Sin Pavarotti, con Domingo y Carreras en el ocaso de sus carreras y sin tenores sustitutos en el horizonte (o al menos, con el mismo « carisma»), la industria discográfica internacional dio un respingo en marzo de este año y puso su maquinaria en marcha con una velocidad sin parangón en los últimos tiempos. Esta vez, a la posibilidad de imponer una nueva voz se le unía, por azar, el cuento de hadas. La fórmula era irresistible.

Su nombre es Paul Potts, 37 años, un humilde ex vendedor de teléfonos celulares, rechoncho, de apariencia ingenua, casi desdentado, cuyo primer CD «One Chance» acaba de ser lanzado por EMI con el estruendo propio de una novedad de cualquier estrella. Las imágenes del episodio que lo convirtió en una celebridad de la noche a la mañana se han convertido en uno de los hits del sitio Youtube, y en Internet Potts ya tiene fanáticos de todas las lenguas y gustos musicales.

Su caso, posiblemente, sea único, aunque no el procedimiento de furioso marketing que el cantante amateur atravesó en sólo unos pocos meses, y que se coronará (literalmente) cuando a fines de año cante ante la Reina de Inglaterra en el Royal Variety Performance.

Todo arrancó en marzo, cuando el anónimo Potts se anotó en el programa «Britain's Got Talent», equivalente inglés del «American Idol» (y derivación de un clásico más criollo, el «Si lo sabe cante» de Roberto Galán). Cuando llegó su turno, lo iba a escuchar un jurado compuesto por Simon Cowell (ejecutivo de Sony y productor de TV, que suele escarnecer a algunos concursantes), Amanda Holden, popular actriz de TV, y Piers Morgan, editor de diarios, y un auditorio de casi 2000 personas.

Tímido, desgarbado, Potts se plantó frente al tribunal, y de inmediato Amanda Holden le preguntó qué iba a cantar. «Opera», deslizó casi en un susurro. En Youtube se pueden observar con claridad las miradas irónicas que intercambian, en ese momento, los hombres del jurado. Las fieras estaban preparadas, y Cowell lo invita a empezar. El aria que eligió es la misma que hizo masivo a Pavarotti a partir del primer recital de los Tres Tenores, «Nessun dorma» de «Turandot» de Puccini.

De la garganta de Potts brotauna voz que nadie esperaba. Una voz no educada, por supuesto, pero diáfana, potente y limpia. Los primeros planos de la televisación muestran rostros de sorpresa entre el público, algunos otros de admiración, y, en seguida, algunas lágrimas que ruedan por las mejillas de Amanda Holden. Cowell está mudo, y apenas deja traslucir una sonrisa de satisfacción. Es el primero (productor al fin) que parece advertir lo que se avecina.

Al final del aria, el auditorio entero estalla en una ovación. Potts está satisfecho por supuesto, pero no ha perdido ese aire de candorosa ingenuidad con el que había llegado, inerme, al centro del escenario. Cowell lo felicita: «¿Trabajas vendiendo celulares y acabas de hacer ésto? No lo esperaba, la verdad. Fue fantástico». Holden, aun enjugándose las lágrimas, desliza con sinceridad: «Creo que nos encontramos ante un diamante en bruto».

Potts, nacido en Bristol de un chofer de micros y una cajera de supermercado, dejó ese mismo día de vender celulares. Sin casi haber estudiado música,sin recibir clases, sin que pudiera perfeccionar -aunque más no en tiempo record-, su talento natural, lo hicieron firmar unos días después de su triunfo televisivo un contrato para grabar su primer CD, «One chance», con «Nessun dorma» como tema central y otros caballitos de batalla que incluyen tres temas en español, «Por ti seré», «Amapola» y «A mi manera».

Su formación anterior se había frustrado después de sufrir un accidente en moto, accidente que le impidió continuar con sus estudios en Italia. Ahora, en manos de sus flamantes asesores, Potts destinó una parte de los 200.000 dólares que ganó en el concurso a un rápido tratamiento de ortodoncia. Pero ese fue apenas el más notorio de los procedimientos de cambio de imagen. También, desde ya, se probó sus primeros smokings.

«Quiero a Paul Potts en todo el mundo», bramó (según se ha publicado en «The New York Times») el veterano editor musical de la Columbia Rick Rubin. «Europa ya lo ha descubierto, y tenemos que hacer que los estadonidenses se enamoren de él». La imagen, para Rubin, es fundamental: «de nada sirve decir que es un grande. Hace falta verlo, en toda su desprotección, y después sentir en el cuerpo ese contraste increíble. Una voz portentosa en una personalidad tan frágil».

«Tanto yo como algunos otros pocos artistas de mi generación, que aún seguimos en pie, hemos sobrevivido al mercado», dijo en julio de este año el tenor rosarino José Cura a este diario. «Ya somos quienes somos pero, desgraciadamente, quienes nos suceden no la están pasando bien. Casi no hay ninguno que atraviese la línea de fuego. Los tiran de golpe al supermercado, venden un par de paquetes de chorizos, y si ya no venden el tercero los descartan».

Por el momento, Potts no parece preocupado por el vapuleo. No sólo pudo arreglarse la dentadura, sino que al final llegará a su sueño de siempre: llevar a su mujer a hacer un safari en Africa.

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