Una interpretación del oratorio en tres partes «El Mesías», del barroco Haendel (1685-1759), constituye un acontecimiento en cualquier ciudad del mundo, y también lo fue el lunes en el Teatro Colón, con sus localidades agotadas. Es que esta versión tenía un valor agregado que duplicó las expectativas, los músicos y cantantes visitantes utilizaron la edición que en marzo de 1789 fue reorquestada por un maduro Wolfgang Amadeus Mozart dos años antes de su muerte temprana, e inscripta con el N° 572 del catálogo que pacientemente armó Ludwig von Köchel.
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El idioma pasó del inglés al alemán, y la orquesta ampliada con instrumentos del clasicismo: cornos, trombones, fagotes y clarinetes de a pares. Suprimió las reexposiciones en las «arias da capo»; en algunas secuencias, el cuarteto vocal inicia el canto y es seguido por el coro; en el N° 31, con el texto «¡qué hermosos son los pasos que anuncian al evangelio de la paz!» conformó un bellísimo trío de voz, flauta y fagot.
Y hasta el conocidísimo «Aleluya» es diferente, más solemne que festivo. Los prejuiciosos seguirán fieles al original, los amantes del historicismo lo discutirán -si es que se atreven a juzgar a Mozart-, pero ahora se develó el misterio y sabemos cómo es la versión, de la que conocíamos su existencia, pero sin escucharla. La Orquesta del Festival de Ludwigsburg no tiene un buen «balance», sus violines y violas son brillantes y contundentes; en contraste, los violoncellos y contrabajos son apenas audibles, tan raquítico era su rango de sonido. Las flautistas y los cornistas excelentes, y competente el resto del organismo.
El director Wolfgang Gönnenwein llevó con seguridad y conocimiento la obra adelante, solucionando con pericia los amenazantes peligros de desencuentros.
El coro, sin ser potente, cuenta con la necesaria flexibilidad para hacer las filigranas de los fugatos y es expresivo, cualidad notable en lo sombría que fue la secuencia 38: «Vino la muerte por un hombre, también por un hombre vendrá la resurrección».
De lejos, el barítono Sigfried Lorenz fue el mejor cantante de la noche; al respetable color de su voz se agrega una técnica depuradísima. Bella la voz de la soprano Christiane Libor, aunque mezquina en los «legatos». El tenor y la mezzo no convencieron. En resumen, fue una experiencia valiosa asistir a este traslado de una partitura del Barroco al Clásico, después de todo, la historia de la música va ligada a la historia de la humanidad.
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