Cada tanto algunos artistas nos obligan a un aterrizaje forzoso en el campo del misterio de una geografía, muchas veces ajena al habitante de la ciudad cosmopolita, y al hombre que la habita con sus creencias populares, míticoreligiosas así como en su poética. Ese es el caso de Mario Pérez, quien acaba de inaugurar la exposición «El viaje». Nacido en San Juan en 1960, realizó el Profesorado en Artes Plásticas en la Universidad Nacional de esa provincia y desde 1988 expone regularmente en la Argentina, Venezuela, Perú, Brasil, México, Londres, Madrid y Nueva York, Palm Beach, Chicago, etc. En 2000 realizó una muestra individual en el Museo de Bellas Artes y en 2003 fue el ganador de la Beca Pollock-Krasner en Nueva York.
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En su actual retrospectiva presenta más de 50 pinturas, desde la serie de los Sismos de sus comienzos hasta trabajos recientes que incluyen escultura y ensamblaje. Se trata de pintura sin vueltas. Y no podría pertenecer a otra geografía que la de su tierra, seca, solitaria, cruzada, a veces azotada por el viento Zonda. Sus colores resaltan esa sequedad, la del sol abrasador y como contraste el azul profundo de la noche estrellada. La superficie está rica y pacientemente texturada y podemos compararlo con el tan olvidado Enrique Policastro cuando pintaba la árida y calcinada tierra de Santiago del Estero.
Pero la mirada de Policastro era trágica. Pérez, en cambio, se centra en situaciones de la vida cotidiana en las que impera un aire de celebración. La tela está, en general, dividida en dos planos: en el superior, un cierto regodeo matérico de una visión que se extiende hacia el infinito, en el inferior, se suceden historias alrededor de una fogata, un centro de luz efectista que iluminará para descubrir otos elementos, camiones, pequeños seres esbozados, pescadores a la vera de un espejo de agua. Muchas veces adopta una estructura circular y desde una posición aérea, por ello la pintura no parece estática.
El tema paisaje es desdeñado por el arte contemporáneo, quizás porque es eminentemente urbano y lo que queda de él está generalmente contaminado por el turismo. Pero al paisaje de Pérez, modesto, sereno, armónico, llegan rondas infantiles , el circo, las pequeñas casas están iluminadas con una bombita que se parece a las estrellas, toda una utopía para el habitante de la ciudad. Pérez no es inocente ni está aislado en su «paraíso». A través de su pintura afirma una identidad que el mundo exterior puede poner en juego. La muestra retrospectiva organizada por Praxis se presenta en el Palais de Glace hasta el 4 de abril.
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