Durante los casi cinco minutos que dura la proyección simultánea desde tres perspectivas distintas, los trompos se golpean entre sí, vuelan, despedidos por la fuerza del choque, o culminan sus giros erráticos una vez agotada su energía. Las formas casi abstractas de los conos sin hilos, todos de color negro, el estrépito del golpeteo y el zumbido de sus giros enloquecidos hasta «morir», sumados a la aparición de escobillas que «limpian» el terreno, evocan de inmediato un campo de batalla.
Así, la sensación de violencia desenfrenada y brutal que transmite la obra, con la simple dinámica de un juego infantil llevado al paroxismo del movimiento, determina la multiplicidad de interpretaciones que la ronda de los trompos suscita en el espectador, desde políticas y sociales hasta filosóficas.
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En suma, se trata de una muestra que genera ansiedad, porque de un modo abierto aunque a la vez ambiguo, abre dramáticos interrogantes sobre el sentido de la existencia y el futuro de la humanidad, empeñada en una violencia autodestructiva.
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