19 de marzo 2026 - 13:30

El peso invisible de la gracia en un mundo que exige decisiones

Más austero, el nuevo film de Paolo Sorrentino, con Toni Servillo como un ficticio presidente que debe firmar la legalización de la eutanasia, encuentra belleza en la melancolía, aunque a veces pierda pulso

Toni Servillo como el presidente De Santis en La Grazia, de Paolo Sorrentino.

Toni Servillo como el presidente De Santis en "La Grazia", de Paolo Sorrentino.

El 29 de noviembre de 2010, el célebre director italiano Mario Monicelli se arrojó por la ventana del noveno piso del Ospedale San Giovanni Addolorata, en Roma. Tenía 95 años, había pasado días internado allí por un doloroso cáncer terminal, y no deseaba vivir más. En la Italia católica, no era legal la eutanasia que había solicitado, y fue así que el realizador de “Los desconocidos de siempre” y “Los compañeros· optó por un final voluntario y atroz. La noticia sacudió al mundo, y en particular a la política y la justicia italianas, porque reavivó uno de los asuntos tabú de la legislación moderna, junto con el aborto.

Si bien la legalización de la eutanasia es una línea argumental conductora de “La Grazia: la belleza de la duda” (“La Grazia”), de Paolo Sorrentino, sería muy estrecho de miras limitar su nueva película sólo a ella. Porque se trata, ante todo, de un film sobre la conciencia, y sobre el peso, casi físico, de decidir. Mariano De Santis (Toni Servillo, el actor favorito de Sorrentino, protagonista entre otras de “La grande belleza”), el presidente italiano a seis meses de dejar el cargo, se enfrenta a una triple firma que lo desborda: la ley de eutanasia, y dos indultos. Desde luego, no es el presidente auténtico sino el de la ficción del relato.

Italia, como Alemania, tiene un gobierno parlamentario: el poder ejecutivo cotidiano no recae en la figura presidencial, lo que vuelve aún más abstracto, y a la vez más simbólico, el lugar que ocupa De Santis. En un mundo donde se menciona a diario a la Primera Ministro Giorgia Meloni pero pocos sabrían decir cómo se llama el presidente, Sorrentino trabaja precisamente sobre ese margen ambiguo entre lo visible y lo invisible del poder ya que, pese a todo, se requiere la firma de un hombre que no está justamente bajo los reflectores de los medios.

El conflicto no es jurídico sino íntimo: De Santis, democristiano y católico practicante, jurista con decenas de libros publicados, no puede conciliar su fe con la eutanasia, pero tampoco ignorar el sufrimiento ajeno. Su hija y asesora Dorotea (Anna Ferzetti) funciona como presión moral constante, mientras que los casos de indulto —una mujer que mató a su marido violento, un hombre que asfixió por piedad a su esposa con Alzheimer— expanden el campo semántico de la “gracia”: legal, humana, divina. En unas líneas informativas finales, que funcionan a modo de parodia a las películas “históricas”, terminaremos sabiendo que aquellos casos no eran, en su totalidad, tanto como parecían.

Sorrentino subraya ese juego de sentidos con insistencia litúrgica. “Gracia” es perdón, pero también es don, y también es, como define uno de los mejores momentos del guión “la belleza de la duda” (una pena que esa frase haya sido “spoileada” en el título local).

No es casual que el encuentro del presidente con el Papa (una de las irrupciones más sorrentinianas del film) condense ese desplazamiento. El pontífice es negro, con rastas, arito y se traslada en motoneta: parece una figura salida de un sueño más que del Vaticano. Cuando De Santis confiesa su falta de carácter, el Papa lo corrige: no es debilidad, es gracia. La inversión es decisiva, lo que paraliza también puede salvar.

Sin embargo, esa búsqueda de lirismo, por momentos, se vuelve excesiva. Este film es el más ascético y menos artificioso de Sorrentino, pero también uno donde el ritmo se resiente. Hay una tendencia a la poetización y la melancolía que, lejos de intensificar el drama, lo diluye: De Santis se mueve, recuerda y sufre como un sonámbulo. Las escenas oníricas, como la de la tormenta que abate al presidente de Portugal cuando le hace una visita oficial, o la materialización de su deseo de sustraerse a la gravedad, son bellas, pero sumadas a muchas de sus meditaciones y recuerdos terminan por aplanar un tanto el pulso narrativo.

Ese letargo también afecta la subtrama más íntima: el recuerdo de Aurora, la esposa muerta, y la herida nunca cerrada de una infidelidad ocurrida cuarenta años antes. La sospecha sobre Ugo Romani (Massimo Venturiello), su ministro de Justicia y eventual sucesor, introduce un conflicto que podría ser explosivo, pero que se resuelve en una clave demasiado tenue, incluso cuando la verdad parece finalmente revelarse a través de Coco Valori (Milvia Marigliano), amiga de la infancia de ambos, y por quien De Santis conoció a Aurora. Su desconfianza, o vacilación ulterior, es coherente con su carácter, pero dramáticamente se siente amortiguada.

Sorrentino ya había filmado antes a altas figuras del poder italiano —con nombres propios o transparentemente reconocibles—, pero aquí opta por la ficción total. Y quizás por eso mismo el resultado es más abstracto, más conceptual, menos encarnado. Donde antes había sátira o exceso, ahora hay contención; donde antes había energía, ahora hay contemplación. La edad de la razón a veces llega con una luz difuminada.

Aun así, “La Grazia” deja momentos de una solidez innegable, sostenidos por un guión que, en ciertas escenas, es capaz de iluminar zonas muy complejas del dilema moral contemporáneo. Su problema no es lo que dice, sino cómo lo sostiene en un tiempo que se excede en evocaciones melancólícas.

Entre la fe y la ley, entre el perdón y la condena, entre la memoria y la sospecha, De Santis encarna una forma de parálisis que Sorrentino decide llamar, con deliberada ambigüedad, gracia. Y en esa ambigüedad, cuando el film logra habitarla sin subrayados “poéticos”, aparece lo mejor de su película.

“La Grazia: la belleza de la duda” (“La Grazia”, Italia, 2025). Dir.: Paolo Sorrentino. Int.: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano.

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