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2 de septiembre 2004 - 00:00

"El regreso"

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El ha vuelto a casa tras doce años de ausencia, los chicos ya son preadolescentes y, encima, el menor le tiene un odio que nunca sabremos si es natural o inculcado, como tampoco sabremos dónde estuvo el hombre todo ese tiempo. ¿Preso? ¿Escapado? El no comunica nada. Ni sabremos, al final, qué había en esa caja que recupera en la isla, porque los propios chicos han de ignorar que había una caja. La incomunicación puede ser definitiva. El amor puede llegar tarde. El crecimiento, en cambio, puede apresurarse.

El relato va tomando fuerza de a poco, pausadamente, en medio de grandes espacios vacíos, construcciones abandonadas, choques angustiantes con el padre o con unos menores delincuentes, de los que suelen asaltar al viajero en cualquier lado, y también con algunos momentos de solaz, de bienestar, hasta que un viernes (esto recuerda el título de otra película rusa,
Para ansiosos, baste decir que la música empieza hacia el final, que hay muy buenos remates, así como también muy buenas actuaciones, y que todo puede verse como un cuento agridulce, o un estudio de relaciones familiares. Pero la historia también acepta, si alguien quiere hacerla, una lectura simbólica sobre la orfandad de las nuevas generaciones rusas, y otros entripados que llevan en el alma. Claves de esa lectura, surgen de la figura paterna, de las situaciones y el ambiente, de la imagen de dos peces boqueando en una bolsa de plástico, y, entre otras cosas, de la propia decisión de los chicos, respecto al pasado que descubren cuando no hay nadie para explicarles nada.

Este film, ganador del León de Oro en Venecia, tiene una marca trágica, puesto que uno de los jóvenes actores, el que encarna al hijo mayor (

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