22 de marzo 2004 - 00:00

El regreso a un cine popular e inteligente

Mar del Plata - Desde su recuperación hasta hoy, una de las fatalidades del Festival de Mar del Plata, si no la mayor, ha sido que las películas ganadoras del primer premio, y con la única excepción de «La lección de tango», se van con todos los honores pero luego no se estrenan nunca en la Argentina. Tanto es así que no faltó quien sugiriera que el cambio de denominación del premio (de Ombú a Astor) llevaba en su fondo cierto matiz supersticioso.

La calurosa proyección en el Auditorium de «Buena Vida Delivery», seguida por aplausos genuinos, espontáneos, lleva a suponer que la película de Leonardo Di Cesare, pese a no contar aún con un distribuidor, será capaz de romper con el sino de estos últimos años. Si así no fuera, entender los criterios de exhibición en materia de cine nacional se volvería una tarea aun más abstrusa de lo que es hoy.

Si, como ha venido ocurriendo en los últimos tiempos, se lanzan al mercado películas argentinas con destino de salas tan vacías como sus guiones (pese a los incompresibles subsidios oficiales y el pertinaz apoyo, en muchos casos, de una crítica petimetre), «Buena Vida Delivery», aun con sus imperfecciones -que las tiene-merece sin dudas su pronto lanzamiento comercial.

Cine popular e inteligente a la vez, la película de Di Cesare, hecha a los saltos y en condiciones de extrema incertidumbre económica, es el feliz reencuentro con un neorrealismo grotesco nacional, de personajes y diálogos creíbles, completamente alejada de todas esas vacuidades que enferman a la pantalla y espantan al espectador. Su director, aunque de 36 años, le debe a la práctica (fue camarógrafo en Telefé) y a sus adivinables muchas tardes de cine desde adolescente, una habilidad para la comedia y para la creación de situaciones puramente cinematográficas poco habituales en un debutante.

• Tradición

La historia del protagonista Hernán, un perdedor por naturaleza, tiene tantos puntos en común con el destino de varios antihéroes del cine clásico de los '40, o con los de las novelas de James Hadley Chase, que cuando el público más o menos entrenado descubre cómo va cayendo en las redes de una mujer dulce, aparentemente desprotegida, empiezaa temer por él, y no se equivoca. Como Helena de Troya, la entrada de «Pato» en su casa es el comienzo de la pesadilla, aunque relatada sin perder el buen humor ni un solo instante (el encanto de «Pato» se cobra varias víctimas, inclusive al propio Di Cesare, que le da una escena final cuya exclusión tal vez habría perfeccionado el film).

El Astor de Oro que se lleva
«Buena Vida Delivery» de Mar del Plata, más allá de la pertinente discusión acerca de si semejante premio no es excesivo, deja la satisfacción de que ha irrumpido un nuevo y valioso realizador, y cuya carrera, al revés de lo que ocurrió con Fabián Bielinsky después de «Nueve reinas» (al menos hasta ahora), no debería interrumpirse.

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