19 de enero 2002 - 00:00
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Manuel González Gil
Periodista: Evidentemente a usted no lo alcanzó la parálisis general. Empecemos por «Pequeños fantasmas».
Manuel González Gil: La historia nació de una noticia que leí en el diario. Una escuela estaba a punto de convertirse en un shopping, lo que me llevó a imaginar qué sentiría yo si hubiera ido a esa escuela. Mi primera reacción habría sido ir a ver mi antigua aula antes de que no exista más. Eso es lo que hace el protagonista.
M.G.G.: Sin duda fue un desafío para Santoro pero la combinatoria funciona muy bien.
P.: Si le interesa el tema de la escuela seguramente habrá leído la saga de «Harry Potter».
M.G.G.: No, no la leí. Pero ¿sabe qué es lo que más se parece a esta obra? La película de Carlos Saura «La prima Angélica». Recuerdo cuando ese magnífico actor español, José Luis López Vázquez, de regreso a la casa de su infancia, se encontraba con su prima que era una nenita de la que estaba absolutamente enamorado. Ese encuentro siempre me pareció estremecedor y en esta obra se da igual. La evocación de los fantasmas del pasado le hace perder al protagonista noción de espacio y realidad. El siente que la máscara del amor es una sola, porque esa chica que fue su compañera de escuela pasa a ser su esposa, la mujer que lo deja y todas las mujeres que amó.
P.: ¿Y todos esos papeles son interpretados por una niña?
M.G.G.: La obra no está apoyada en los chicos, sino en Santoro. Ellos tienen muy poco texto y se manejan dentro de situaciones propias de cualquier chico: juegos, aprendizaje, enamoramientos.
P.: Fuera de sus proyectos personales usted funciona como el comodín de los productores ¿No le pesa ese papel?
M.G.G.: Yo lo que sé es que si un material no me produce una suerte de de catarsis es muy difícil que lo pueda llevar adelante. En algún lado necesito que me convulsione.
P.: Pero es consciente de que más de una vez sólo cumplió la tarea de sacar las papas del fuego...
M.G.G.: En algún lugar me pasa eso, los productores me tienen como..., bueno, digamos que tienen a mano mi teléfono. Siento que eso me viene pasando últimamente, pero igual yo trato, cada dos años, de llevar adelante un proyecto personal como lo fueron «Los Mosqueteros», «El diario de Adán y Eva», «Inodoro Pereyra», «Borges y Piazzolla» o «Porteños». Son espectáculos que yo mismo dirijo y escribo.
M.G.G.: Esos son favores que en realidad no lo son porque fue algo que hice de muy buen grado. Lo que es cierto es que la que estaba en el proyecto era Nacha Guevara, pero como veinte días antes del estreno se produjo un cortocircuito con ella, fue entonces cuando me llamó Pablo Kompel, al que me une una gran amistad. Pero, bueno, después me di cuenta de que para que este tipo de proyectos extranjeros funcionen hay que hacerlos con gente de afuera.
P.: Como hizo Alejandro Romay con «Closer» o con «La tiendita del horror».
M.G.G.: Algo así. Yo, por ejemplo, odio repetir esquemas, prefiero probar el material y ver qué da, no puedo trabajar bien si debo ceñirme a una determinada escenografía o a un material ya muy pautado como ocurrió con «El cuarto azul».
P.: ¿Le fue bien con el reestreno de «Made in Lanús»?
M.G.G.: Sí, lo que pasa con el público es tremendo y creo que con «Pequeños fantasmas» puede pasar algo similar porque toca un tema parecido, como por ejemplo, las fantasías de país que teníamos en la escuela. Me refiero a las máximas de San Martín o la imagen de Argentina como granero del mundo. Lo que está pasando con «Made in Lanús» es alucinante y creo que ninguno de los actores tuvo nunca una experiencia tan fuerte como la que están recibiendo ahora en el escenario. Se lo pueden decir ellos mismos y mire que le estoy hablando de cuatro «nenes» muy curtidos.
Razones
P.: La obra propone varias razones para quedarse en el país. Pero en medio de la débacle actual, con la gente haciendo cola inmensas frente a los consulados ¿No resulta demasiado quijotesca la propuesta?
M.G.G.: En realidad, yo hice una adaptación con el permiso de los hijos de la autora. Si la obra transcurriera en el '30 no hubiera dudado en dejarla tal cual, pero fue estrenada en el '84 como un testimonio directo de lo que ocurría en ese momento, reflejaba la actualidad al día. Entonces lo que yo hice fue acercarla al día de hoy. Incluí, por ejemplo, la guerra de Estados Unidos, que es un elemento también a tener en cuenta, porque una de las parejas protagónicas quiere irse a un país que ya no es tan seguro, pero aún ese país todavía es mejor que éste. Lo más interesante de esta obra es que pese a sus diferentes posturas, uno siente que los cuatro personajes tienen razón. Los conceptos que vierten producen en el público una catarsis muy fuerte.
P.: ¿Y a usted no lo tentaron para irse del país?
M.G.G.: Yo tengo mis cuatro abuelos españoles y muchas posibilidades de trabajar en España. Inclusive Miguel Angel Solá, del que soy muy amigo, insiste en que me vaya a vivir a Madrid. Tal vez este año podamos estrenar allí «El diario de Adán y Eva», pero él no para de filmar una película tras otra. Para ser sincero cada vez que me fui a trabajar afuera, y estuve en Australia, México, España, Perú o Chile, a los veinte días no aguanté más y me quise volver.



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