Rivera Letelier: «Cuando jugaba al fútbol, era un centro delantero
que inventaba las jugadas, y mis críticos decían que
jugaba para el público. Lo mismo que hoy dicen algunos
críticos literarios».
Rivera Letelier: «Cuando jugaba al fútbol, era un centro delantero que inventaba las jugadas, y mis críticos decían que jugaba para el público. Lo mismo que hoy dicen algunos críticos literarios».
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"Con esta historia de un partido de fútbol, estoy consiguiendo dos milagros: uno que la lean las mujeres que odian el fútbol, y otro, mayor, que lo estén leyendo los futbolistas", comenta entre risas sobre su novela «El Fantasista» el escritor chileno Hernán Rivera Letelier, un obrero minero de los salitrales chilenos (hoy nombrado Caballero de la Orden de las Artes y la Letras por el Ministerio de Cultura de Francia), que se consagró internacionalmente con sus novelas «La reina Isabel cantaba rancheras», «Himno del ángel parado en una pata» y «Fatamorgana de amor con banda de música». En su breve visita reciente a Buenos Aires dialogamos con él sobre su nueva novela, que hace meses está entre las más vendidas de su país.
Periodista: ¿Por qué una novela sobre un partido de fútbol?
Hernán Rivera Letelier: Eso tiene por lo menos dos explicaciones. La primera es que yo jugué mucho fútbol hasta los 19 años, en que me lancé con una mochila a recorrer el mundo y me pasé a la escritura. Era un centro delantero que inventaba jugadas. Mis críticos decían que yo jugaba para el público. Lo mismo que hoy dicen algunos críticos literarios. Bueno, Chile perdió un centrofoward, pero me parece que ganó un escritor.
P.: ¿La segunda explicación?
H.R.L.: Es específicamente literaria. Si el disparador de la historia era el fútbol --donde se pone en evidencia lo mejor y lo peor del ser humano-debía trascender lo meramente deportivo, convertirse en metáfora. Tenía que poner en carne viva los sentimiento de la gente ante un éxodo. Mostrar la amistad, la solidaridad, la creatividad, el amor, pero tambien la envidia, los odios, la violencia. Fue ahí que descubrí que hacer una novela de fútbol es muy difícil y complicado. Cuentos sobre el fútbol hay miles y se pueden hacer miles más. Y entre los mejores que se han escrito están los de algunos argentinos como Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa. Soriano produjo un clásico del género con «El penal más largo del mundo», y Fontanarrosa es el gran maestro del cuento de fútbol. Pero, que yo sepa, novelas de fútbol hay muy muy pocas, y eso es bien explicable.
P.: ¿Porque los futbolistas no escriben?
H.R.L.: Bueno, Jorge Valdano sí, y hasta hizo un par de excelentes antologías de cuentos de fútbol. Pero el problema para la novela es otro: el tema del fútbol es tan acotado como la pornografía. Quien vio una película pornográfica las vio todas. Claro, siempre hay niñitos que quieren que le cuenten una y otra vez el mismo cuento. Pero, hasta para ellos, sería insoportable una película porno que dure tres horas. El problema de una novela sobre el fútbol es estructuralmente el mismo. El solo relato futbolístico satura al lector. Por eso el fútbol en mi novela debía ser como el cadáver y la solución del crimen en un policial, algo que sostiene y estimula el interés del lector hasta el final.
P.: ¿De dónde sale el título «El fantasista»?
H.R.L.: Es una expresión bien chilena, pero también italiana. Se llama así a los tipos que hacen maravillas con la pelota. Son unos malabaristas especialistas en el esférico, como diría un relator deportivo. Son capaces de estar durante horas pasando la pelota por la cabeza, el hombro, la punta del pie, el taquito y no se les cae.
P.: En la novela aparece como «el enviado de Dios».
H.R.L.: En las pampa chilena, en el desierto, entre los campamentos salitreros se jugaban partidos de fútbol. Y había dos archirrivales de siempre, los campamentos de María Elena, donde estaban los jefes, y el Coya Sur. Al campamento Coya Sur lo van a cerrar, la gente se tendrá que ir del lugar donde nació, vivió, se casó, tuvo hijos, enterró a sus muertos. Pero antes de eso tendrá un último partido con el de María Elena, que por ser el equipo de los jefes tiene a los mejores futbolistas. Coya Sur siempre perdió, pero esta vez tienen que ganar, en eso les va la vida. Pero sólo lo pueden lograr con un milagro. Y es ahí donde en la calle del pueblo aparece el malabarista de la pelota, un artista de circo con algo de Maradona o Pelé que anda de gira. Es el enviado de Dios que va a llevar a Coya Sur a la victoria. El pueblo entero se involucra para no dejar que el fantasista se marche, le ofrecen de todo -y acá viene lo más entretenido-para que forme parte del equipo del último partido. El fútbol es un pretexto para contar otras historias y eso es lo que hace que se haya vuelto también interesante para las lectoras de mis libros.
P.: Y eso es muchas veces contado por un increíble relator futbolístico, el loco del pueblo.
H.R.L.: Cachimoco Farfán es uno de esos personajes que surgen para salvar una escena y se apoderan del libro. Yo necesitaba que los malabares del fantasista los narrara alguien y de un modo lejano al previsible. Así apareció ese loco del pueblo que se chifla relatandolos partidos con un tarro de leche agujereado. Pero como se volvió loco estudiando medicina habla mezclando términos médicos con deportivos. Y a pesar de que se mete a cada rato, que excita el conventilleo de la gente, se vuelve entrañable. Me divertía anotar insultos como hijo de la gran purga intestinal o la purulenta que te engendró.
P.: ¿Cómo está hoy la literatura chilena, luego de aquel mini boom del cual usted fue uno de los últimos exponentes?
H.R.L.: Ya quedan pocos nombres de esa floración de novelistas que hubo hace una década atrás, que se vio impulsada por la instalación de la democracia. Bueno, dicen que el tiempo es uno de los mejores críticos. Y hay muchos nombres abastecidos de alabanzas que hoy están siendo acunados por el olvido. Ahora esta surgiendo el relevo, una generación de gente muy joven que está comenzando a publicar cosas muy interesantes. Y los más inteligentes se darán cuenta de que es fácil ser un best seller, lo complicado es ser un long seller, y es eso lo que el auténtico narrador busca. Puedo decirlo yo que figuro en las dos listas. Lo fundamental del contador de historias es entretener, pero no sólo entretener. Hay, además, un placer del contenido, de la aventura que se inicia en las primeras páginas, y un placer estético en la música y la poética del relato.
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