19 de enero 2002 - 00:00

"En Gosford Pord Park está todo mi código genético"

El Círculo de Críticos de Nueva York le ha otorgado el premio al Mejor Director del Año por su película "Gosford Park", que se acaba estrenar en EE.UU. Robert Altman es el cineasta estadounidense que con más acidez ha mostrado en la pantalla las miserias de la sociedad norteamericana. Pero ahora viaja a la Inglaterra de los años '30 para centrar su crítica en la sociedad de clases, aunque sin desprenderse de su peculiar ironía y de la estructura coral de sus films. Conversamos con el siempre viceral Altman, quien analiza su obra, reflexiona sobre su estilo y, cómo no, apunta al corazón de Hollywood.

Robert Altman
Robert Altman
Los Angeles - Su película número 37, «Gosford Park», le ha valido a Robert Altman (Kansas, 1925) el premio al Mejor Director del Año otorgado por el Círculo de Críticos Cinematográficos de Nueva York, quienes han galardonado también a Julian Fellowes, autor del guión, y a una de las numerosas integrantes del reparto, Helen Mirren, como mejor actriz secundaria del año que acaba de finalizar. Tras la deliciosa «La fortuna de Cookie» y la excéntrica «El doctor T. y las mujeres», su nuevo film, un denso thriller de misterio criminal, película de época y aguda crítica de las rígidas clases sociales, aparece como el regreso del mejor Robert Altman, en plena forma a los 76 años.

La película se estrenó el mes pasado en Estados Unidos y tras los primeros premios se anticipa como una posible candidata al Oscar.

El director de films ya míticos «Nashville», «M.A.S.H.», «El largo adiós», «Kansas City» y «Ciudad de ángeles» decidió presentarla primero en el Reino Unido, como deferencia a sus productores. Sufriendo un fuerte resfrío y luciendo una bufanda en la que en azul sobre blanco se lee «Gosford Park», Altman -que primero de todo preguntó noticias de una de sus actrices favoritas, Geraldine Chaplin-mantuvo un encuentro de prensa en el hotel Dorchester del Park Lane londinense.

Periodista: Pese a una larguísima y fecunda carrera de 44 años en el cine y 37 películas, jamás había rodado un misterio criminal.


Robert Altman:
Cierto, cierto, creo haber probado todo tipo de géneros. Aunque si conoce mis películas, sabrá que cada vez que he tomado un género ha sido para darle una pequeña vuelta a la tuerca de la convención, con la intención y el propósito de lanzar una nueva mirada sobre un viejo estilo. No se crea que soy un cineasta tan original o irreverente como dicen. Me considero más un aventurero del cine, que me encuentro con algo, una historia, y la muestro a través de la ventana desde la que miro. Así, creo que me ha salido una visión americana del sistema de clases inglés.
P.: Tampoco había rodado una producción con dinero británico.

R.A.:
Sí, lejos de Bushlandia. Y si me permite decírselo, el resto de las películas que me quedan por hacer... y no serán muchas por razones de edad, las querría hacer en las excelentes condiciones en que he podido rodar «Gosford Park». Ha sido sin duda una de mis experiencias de mayor libertad y placer trabajando. Será una película de época, un misterio y una crítica clasista... lo que usted quiera, pero es una película de Robert Altman al ciento por ciento. Igual que los títulos «Nashville» o «Kansas City». En ambas películas están mis huellas dactilares y todo mi código genético.

P.: «Gosford Park» surge a partir de una idea original suya, ¿de dónde le vinieron las ganas de retratar el final de una época para la rígidamente estratificada sociedad británica de los años '30?


R.A.:
Fue el embrión de una idea que se le ocurrió a Bob Balaban, que interpreta al productor de cine americano Morris Weissman y también coproduce la película y me la presentó pensando que era apta para mí. Me entusiasmó y nos gustó la idea no de hacer un whodunit (¿quién lo hizo?) sino más bien «el crimen se hizo así». Y a través de los sucesos de un misterioso asesinato en una mansión campestre aristocrática, analizar comportamientos, atmósferas, silencios, gestos y personalidades dobles... pero siempre desde el punto de vista de los criados.

Niveles

P.: En la serie «Arriba y abajo» y la película «Lo que queda del día», como dos muestras ejemplares, se afrontan estos mismos temas, sin crimen de por medio y desde la mirada de los aristócratas, los habitantes del estrato «sobre las escaleras».

R.A.:
Sí. Nosotros estamos constantemente en los dos niveles de la mansión, arriba y abajo, en los grandes salones y en las microhabitaciones donde hacinan a la servidumbre. Y también, en la gran cocina y departamentos de lavandería. Pero cuando estamos arriba con los señores, es siempre porque uno de los sirvientes está viendo un suceso, viviéndolo como protagonista o sirviendo de introductor a un nuevo hecho. Incluso hay miradas que cuentan toda una historia... es una película que exige que el espectador esté muy atento. Un parpadeo sucesivo puede restarle el detalle de la relación que unen a sir William MacCordle, dueño de la mansión, y la sirvienta Elsie.

P.: El mimado perrito de sir William, que pasa de comer delicatessen en la mesa a ser golpeado sistemáticamente al perder a su amo, es uno de los más significativos protagonistas.

R.A.: Fue el final de una época: la II Guerra Mundial acabaría con el Imperio, ese tipo de servidumbre... El perrito opera como una metáfora de la caída del sistema. De rey de la casa se convierte en el bicho maloliente que todos patean. Sólo Elsie, el personaje que consigue la libertad a un alto precio, lo acoge y se interna hacia Londres a un futuro incierto, pero abierto y diferente, lejos de la paternalista esclavitud heredada del feudalismo a la que ha vivido sometida.
P.: La película transcurre durante un fin de semana de caza en noviembre de 1932, quizá el momento en que comienza el ocaso de este sistema de servidumbre.

R.A.:
Sí, ya se anticipa algo de eso en la historia. Creo que fue el último momento en que los criados incluso carecían de nombre, siendo llamados por los de sus empleadores... Carecían de todo derecho, salvo algunos cigarrillos en el patio y sexo rápido en los lavaderos. La película transcurre en un tiempo de entreguerras. Si la hubiéramos ubicado más tarde, hubiera habido que insertar el auge del nazismo y no queríamos distracciones paralelas en una trama que ya es densa de por sí. Y además, no es que conozca la Europa de ese tiempo, pero sí tengo recuerdos de esa época, ya que yo tenía siete años... Un guión impecable.

P.: Este es el primer guión para largometrajes de Julian Fellowes, más conocido por su carrera como actor. ¿Por qué él y cuál fue su aporte?


R.A.:
El trajo todo el tono agrio, la maldad aburrida de los aristócratas, sus caracteres de parásitos, incapaces de abrir un termo sin ayuda. Yo no distinguía entre llamar a una duquesa madame o miss y él venía a corregirme. Su guión es impecable, pero es también una película en que un silencio o una mirada cuentan toda una historia.

P.: «Gosford Park», como tantos filmes suyos, también es coral.


R.A.:
Sí. Hay 44 personajes interactuando constantemente. Muchos de los actores no eran conscientes de dónde estaban las cámaras, a veces, o si estaban en primer plano o perdidos en una esquina del fotograma. Eso les daba una enorme libertad, porque en vez de concentrarse en actuar, se movían viviendo sus personajes, estaban siempre dentro de ellos, sin bajar la guardia. Muchos de ellos recibían por la mañana una nueva anotación mía o un diálogo diferente. Casi al final convertí a dos personajes en hermanas, y fue toda una revelación que enriquece el desenlace. No soy un director obsesionado con el guión. Más que con la literatura me considero obsesionado con la pintura y así me acerco a mis películas: tratando de pintar el óleo más grande posible, un mural al que siempre añado un trazo. Y cualquier actor le dirá que no realizo muchas tomas. Doy por buena aquella que me he creído por completo.

P.: Con la excepción de Balaban y Ryan Philippe, todo el reparto está compuesto por las primeras figuras del teatro y pantallas británicas. Varios sires, dames, leyendas vivientes, jóvenes de gran talento...


R.A.: Todos estuvieron todos los días del rodaje, aunque comparecieran en un segundo plano con un plumero. Todas esas egregias personalidades pasaban los tiempos muertos leyendo periódicos y bebiendo ingentemente té. Todos los actores cobraron lo mismo, un salario bajo, y todos sabían que nadie destacaría más que otro, aunque hay 24 roles de primera fila y 20 con historias colaterales. Sir Derek Jacobi tiene cinco frases y una llorera. Alan Bates, cuatro y una borrachera. Charles Dance sale siempre, pero sólo caza y explica la costumbre británica del desayuno. Kristin Scott-Thomas y dame Maggie Smith dominan «arriba de las escaleras» y abajo lo hacen Helen Mirren y dame Eileen Atkins. Richard E. Grant es todo miradas y Jeremy Northam se pasa la película pegado a un piano, cantando. Stephen Fry es el detective más torpe de Scotland Yard. Clive Owen trae un airado misterio, Emily Watson es la heroína a su pesar y Kelly MacDonald es la joven criadita inocente cuyos ojos sirven de guía al espectador. Para mí, ha sido una experiencia irresistible. Sólo pienso en cómo repetirla. Tengo tres proyectos, uno de ellos en Inglaterra y espero poder abordar inmediatamente este último.

P.: Por último, y dado que como los Losey y Kubrick parece comenzar una carrera en el Reino Unido, quería preguntarle sobre un comentario que hizo tras el ataque terrorista del 11 de septiembre. Decía que Hollywood había creado la atmósfera para aquellos eventos.


R.A.:
Me alegro de que me hable de mi famosa frase porque no ha sido publicada con exactitud. ¡Yo no le he echado la culpa a Hollywood del ataque a las Torres Gemelas! Voy a detallarme en mi declaración, de forma que usted pueda publicarla en su exacto contexto y extensión, al contrario de lo que hicieron en el «Hollywood Reporter». Me han creado un montón de problemas. Vine a decir que quien haya trabajado en las dos últimas décadas en Hollywood tiene que mirar dentro de sí mismo y preguntarse si tiene algo de responsabilidad en lo acontecido el 11 de septiembre en Nueva York. Desde hace dos décadas, cada año hemos visto un par de películas con aviones comerciales secuestrados y edificios que explotan. Pero yo dije lo que dije y los demás medios lo cortaron a siete palabras «Altman le echa la culpa a Hollywood». Sólo le culpo de tener tan poco buen gusto, de hacer escasas películas con valores, profundidad, humanidad y de dar a conocer al mundo la ínfima calidad del gran porcentaje de su producción.

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