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El contexto elegido para contar la historia de Rose Mélie, una mujer arrasada por la muerte de su hermano (ocurrida en 1943) y perseguida desde entonces por los fantasmas de la ocupación nazi, es de una calidad mucho más teatral que literaria. Se trata de una obra «a puerta cerrada» en la que madre e hija enfrentan a un hermético inspector judicial, enviado a inventariar sus bienes para un posterior embargo. La llegada del funcionario -al que Rose confunde con un colaboracionista-despierta en su mente enferma una andanada de recuerdos y terrores que hacen que la hija pierda la paciencia y se avergüence de ella ante el inspector. Como un frágil quijote, la mujer se lanza contra la brutalidad del poderoso con citas de Séneca y Cicerón. Esas armas, aparentemente inútiles y literarias, son las que terminan abriendo el corazón de la hija. De pronto, Louisiane ya no ve a su madre como una bruja mal oliente y fijada al pasado sino como alguien cuya férrea dignidad la invita a rebelarse y a enfurecerse sin complejos ante los atropellos.
«Lo que se reprime y se niega termina volviendo», expicó la autora en una entrevista. Ella, hija de españoles emigrados a Francia tras el triunfo de Franco, también tuvo dificultades en conectarse con su pasado («Descubrí la guerra civil de España cuando leí «La Esperanza» de Malraux más que a través de mis padres, que no querían recordar nada»). En la novela las voces de madre e hija forjan un tenso y vigoroso contrapunto entre la memoria y la necesidad de olvido, pero una vez superado el estremecedor relato de la tortura y muerte del hermano, queda la sensación de que con menos páginas la novela hubiera ganado mayor intensidad y atractivo.
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