27 de enero 2005 - 00:00
"Este mal es 'La guerra de los mundos' al revés"
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Con «Mondovino», Preve probó que un vino patero salteño puede ser mejor que un borgoña de 3.000 dólares; ahora busca alertar sobre la invasión del chagas a Europa y EE.UU., donde los médicos desconocen por completo esa enfermedad.
Periodista: Empecemos por una pregunta frívola. ¿Allá cómo pronuncian «chagas»?
Ricardo Preve: Los pocos que saben de su existencia, le dicen «chiagas». Pero casi nadie sabe nada. No tienen vinchucas, pero sí muchísimo chagas congénito, por las madres latinoamericanas que vienen de zonas altamente endémicas. Y algo peor: con 40 millones de inmigrantes latinos, muchos de ellos ilegales, ningún servicio hace control de Chagas en la sangre, lo que significa que cualquier infectado puede extender el contagio mediante donación de sangre, o de órganos, sin que nadie lo advierta. Encima, muchos ilegales se anotan como donantes solo porque eso los ayuda a tener alguna clase de papeles con mayor rapidez. Nosotros seguimos a uno, en el largo y difícil proceso de pedir un test de sangre en Estados Unidos -algo que aquí es de rutina en cualquier hospital público-, y, cuando él murió, como era donante, casi se llevan sus órganos. Por suerte logramos alertar a los médicos.
R.P.: De casualidad, Steven Spielberg está rodando en Virginia una nueva versión de «La guerra de los mundos». Y yo creo que esto es casi lo mismo, pero al revés, porque, entre que los inmigrantes hablan poco inglés, y los médicos norteamericanos no hablan español, y no son precisamente los más abiertos al mundo, para ellos es como que les viniera un marciano a pedirles ayuda por una enfermedad que trae de su planeta. Una salvadoreña me dijo que tuvo que explicarle al médico lo que tenía, y él se puso a buscar en internet, para entenderla.
P.: ¿En Europa ocurre lo mismo?
R.P.: Encontré muchos inmigrantes sin ninguna cobertura médica, que no pueden ir al hospital, y aunque fueran, los médicos no saben de qué se trata. Yo conocí uno solo, en Suiza, que vio algo raro en la placenta de una puérpera e hizo un test de sangre. Pero él ya estaba orientado a enfermedades del Tercer Mundo. El resto, nada.
P.: ¿Y usted, cómo se metió en esto?
R.P.: Soy de Metán, Salta, aunque desde hace años vivo en Norteamérica. Un día quise hacer una historia romántica entre un médico argentino y la representante de un laboratorio norteamericano, una de esas donde se odian de día y se aman de noche, y por eso volví, después de largos años, a buscar locaciones.Ahí descubro que un amigo de infancia, Osvaldo Toscano, tiene Chagas. El, y otros miembros de su familia. De niños salíamos a caballo a pialar ganado, yo tenía 7 años, él 10, y me cuidaba. Después, a los 18, me fui con varios chicos en un barquito a vela, de Buenos Aires hasta Ciudad del Cabo, de ahí seguí a otros puertos, siempre en barcos a vela, y más adelante fui a visitar a unos parientes que tenían una granja en Virginia, allá me aquerencié, estudié, y me recibí de ingeniero agrónomo y forestal. Entre 1996 y 2001 vine a trabajar acá en el campo, para una empresa que al final se fue del país. Entonces, como siempre me había gustado el cine, capitalicé cierta experiencia que tuve en finanzas y recursos humanos dentro de esa empresa, y me metí a productor.
P.: ¿Así como así?
R.P.: Aprendí mucho del productor Rolo Azpeitia, ayudándolo en «Adiós querida luna». También de su director, Fernando Spiner, de Mercedes García Guevara, a quien produje el documental «Tango, un giro extraño», que se verá ahora en Mar del Plata, y de Jonathan Mossiter, el director de «Mondovino». A Mercedes y Jonathan los conocí gracias a Juan Pittaluga, un amigo uruguayo que vive en Paris. El y Jonathan (que fue sommelier en algunos restaurantes de Nueva York) un día tomaron una dv-cam, y empezaron a recorrer viñedos de Francia, Alemania, Estados Unidos, y otros países. Así hicieron «Mondovino», que termina en Cafayate.
P.: Todo sobre vinos.
R.P.: El tema es más amplio, porque en el fondo habla de la globalización de los gustos. En este caso, muestra cómo se regulariza artificialmente el gusto de una marca, para evitar diferencias entre cada cosecha, cómo se microoxigenael líquido para procesarlomás rápido, etcétera. Y termina en Cafayate, donde vemos a un señor con un pequeñísimo emprendimiento, apenas una hectárea de viña, que hace esencialmente un vino patero con un sabor y una fragancia, mejor que el borgoña que se vende en Los Angeles en botellas de 3.000 dólares, hecho por enólogos con computadoras. Y este hombre, le regala una botella de su vino patero al director.
P.: La película llegó a integrar la competencia oficial de Cannes, y ahora va por el Cesar a mejor extranjera. ¿Pero usted cómo pasó del vinito a la vinchuca?
R.P.: Ya le dije, vine a buscar locaciones para una historia romántica, y me enganché con el tema de una enfermedad que, cuando era chico, me decían que ya estaba controlada. Decían que el progreso iba a eliminarla. No ha cambiado el mensaje, pero las condiciones tampoco han mejorado, al contrario. Sólo en Argentina hay más de dos millones de enfermos. Muchos lo son durante años, algunos fallecen de muerte súbita. Por eso ahora hago este documental, para cine y televisión, y luego haré una ficcional, tratando de alertar a norteamericanos y europeos. Hago esto, para que se interesen, se alarmen, se sientan involucrados, y por su propio bien dediquen fondos para investigar y hacer una vacuna.Y que la vacuna se difunda cuanto antes. Tal vez así alcancemos a curar a mi amigo en Metán. ¿Entiende la estrategia?
P.: Lástima que el mercado de los documentales todavíasea bastante limitado.
R.P.: Lo mismo nos dijeron con «Mondovino».Y ya lo estrenamos en siete países (en Francia hizo 300.000 espectadores), y ahora vamos a estrenarlo en Italia, Estados Unidos, Brasil, España, y parte del mercado asiático. También estamos vendiendo una versión en serie televisiva de diez capítulos. Es cierto que la uva y la vinchuca son muy distintas, pero en el mercado ya empiezan a conocernos. Ojalá también empiecen a conocer esa enfermedad, y, de una vez por todas, los grandes responsables de la salud pública se vean obligados a hacer algo.


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