Experimento que invita a huir o caer dormido

Espectáculos

«Bambiland» de E. Jelinek. Dir.: E. García Wehbi. Int.: M. Alvarez. Esc.: J.M. Potenze. Sonido: M. Martínez. Edic. de video: M. Martínez y E. Steinman. Vest.: M. Liñeiro. Dis. de Ilum.: A. Le Roux. (El Camarín de las Musas.)


Elfriede Jelinek (Premio Nobel de literatura 2004) escribió este ácido monólogo contra la guerra de Irak en base a su propia experiencia como televidente y a su hartazgo frente al espectacular tratamiento mediático que se le dio al tema. «Todo lo que excita a la prensa nos excita a nosotros» le hace decir a la protagonista de «Bambiland» y si bien empieza citando a «Los persas» de Esquilo (el drama bélico más antiguo del teatro occidental) enseguida deja de lado al gran autor trágico para despotricar contra la administración Bush, los intereses petroleros y la matanza de víctimas inocentes. Todo a un ritmo vertiginoso que imita, por partida doble, el zapping televisivo y los disparos de una ametralladora.

Es sabido que la escritora austríaca detesta el teatro «de diálogos». Jelinek utiliza su obra dramática y narrativa para expresar sus opiniones sobre el mundo de hoy, el rol de la mujer, los vínculos familiares y los excesos de una sociedad patriarcal. En «Bambiland» el discurso de su alter ego se ramifica constantemente saltando de una idea a otra, de un bando a otro («Yo quiero hablar de los perdedores, pero termino arrebatada hablando de los ganadores», explica en algún momento).

Su monólogo incluye imágenes poéticas, citas filosóficas y el lenguaje, mucho más prosaico, de la publicidad. Entre otras cosas, la protagonista intenta venderle al público un misil Tomahawk con una sonrisa de oreja a oreja. Lo notable es que sus palabras resultan mucho más elocuentes que las imágenes televisivas que acompañan a la actriz.
Maricel Alvarez supera con creces el desafío de hablar sin interrupción durante casi dos horas. Su personaje tiene algo de conferencista o de conductora televisiva y recurre a una aterciopelada modulación estilo Laurie Anderson, pero luego va adoptando otros roles más insólitos.

A la hora de función uno se pregunta cuántos espectadores aguantarán hasta al final o si la actriz podrá soportar semejante esfuerzo. El texto tiene su gracia, pero cuesta mucho prestarle atención. Por otra parte, este tipo de experimentos son muy frecuentes en la producción de
Emilio García Wehbi. En 2003, por ejemplo, realizó un performance de 24 horas durante la cual leyó la novela «Moby Dick» al público en colaboración con el dramaturgo Luis Cano.

Siempre interesado en forzar los límites de la relación público-actores- obra,
Wehbi estrenó, el año pasado, «La balsa de la medusa», donde nueve intérpretes increpaban al público con frases absurdas e insultos varios, y «El matadero», una seguidilla de escenas -algunas muy sangrientasde cinco horas de duración.

Solo resta aclarar que en
«Bambiland» no se tortura al espectador, al menos explícitamente.

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