En 1985, Fernando “Pino” Solanas recibió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia por “Tangos: El Exilio de Gardel”. La película, protagonizada por Miguel Ángel Solá y Marie Laforet, marcó una bisagra en su vida artística. Era su retorno, definitivo y consagratorio, después de años de oscuridad y exilio.
En la Argentina, cíclicamente, su nombre y obra se volvían tabú de acuerdo con los trágicos sobresaltos de la vida política: así lo habían sido desde 1968 y hasta 1973, cuando su célebre documental “La hora de los hornos”, que realizó en colaboración con Octavio Getino como obra principal del movimiento que llamaron Cine Liberación, logró el dudoso honor de convertirse en el film clandestino más famoso de nuestro cine, a la vez que le abría las puertas a festivales europeos como el de Venecia y Cannes.
Pero, si bien fue el más conocido, este documental de cuatro horas no fue el único. También había realizado “Perón: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder” (rodada en gran parte en Puerta de Hierro), y “Argentina, Mayo de 1969: los caminos de la liberación”. En 1975 realizó el más importante de sus primeros films de ficción, “Los hijos de Fierro”, pero las condiciones éxistentes ya ese año, el lopezrreguismo y las persecuciones de la triple A, también hicieron imposible su estreno, que sólo tendría lugar algo menos de una década más tarde, durante el gobierno de Raúl Alfonsín.
En los años de la siguiente dictadura, Solanas encontró en París, esa misma ciudad faro que acogió a tantos argentinos en el destierro a lo largo de la historia (en la película también aparece el personaje del general San Martín), su lugar en el mundo. Y, mientras cumplía funciones como embajador ante la UNESCO, fue también la ciudad donde murió a los 84 años, como si se cumpliera la dolorosa profecía del tango de Cadícamo y Gardel que tanto le gustaba y solía tararear, “y chau Buenos Aires, no te vuelvo a ver”.
Para Solanas, París no sólo fue un refugio sino también un espacio donde su identidad artística daría un profundo vuelco. Así nos lo contó en el reportaje que le hicimos en Venecia, cuando acompañamos la presentación de “Tangos” en el festival: “París es una ciudad cruce. Por allí pasa todo, desde el mejor ballet americano al ruso; la identidad misma es el cruce, Ionesco vive en París, los exiliados del mundo han ido siempre a París, intelectuales, artistas y políticos, a la vez que se dice que París es la ciudad donde tienen su sede todos los servicios de espionaje y contraespionaje del mundo”.
La geografía de París no sólo fue el fondo de “El exilio de Gardel” sino un lugar simbólico, tan reparador como terrible ya que allí la identidad se desestructura, el exilio la rompe (hay una imagen explícita en el personaje de Juan Uno, interpretado por Miguel Ángel Solá, en la que literalmente se desinfla). Esa ruptura también marcaría para siempre el cine de Solanas. “He querido que el decorado fuera la imagen misma”, continuó diciendo. “En Orson Welles no hay decorados. Vos abrís una puerta en su película ‘El Proceso’ y te encontrás que no hay decorados. Hay una imagen donde viven los personajes. Lo mismo ocurre en Eisenstein, en todos los maestros del cine mudo que me han marcado para filmar, al igual que los maestros de los años 30 como Pabst o Fritz Lang”.
“’El exilio de Gardel’ está más cerca de la poesía y de la convención dramática teatral que de otra cosa”, subrayó. ”Porque en el teatro uno no se sorprende si los personajes se rompen, y yo los rompo en esta película. Eso es el exilio, romperse. Y todo esto es una traslación de la identidad argentina, un país en tránsito, en el que siempre venimos de y vamos hacia pero nunca llegamos, y en donde la realidad del exilio operó imborrablemente en todo tipo de rupturas”.
“Hacer la película fue como una pasión secreta”, siguió. “En todas las películas que hice he querido salir de esos modelos y buscar la fusión de otros modelos referenciales, El exilio no tiene fin. Los que regresan a la Argentina comienzan a sentirse también un poco exiliados en ese retorno. Y perciben que el país que dejaron ya es otro. ‘Casi todos regresaron del exilio de Gardel / y a su tierra se llevaron el exilio como piel’, dice una de las canciones de la película. Eso desmiente lo del tango, eso de que ‘veinte años no es nada’. Y es porque eso no es verdad, pertenece a la mitología del tango”.
Solanas, al menos en su obra cinematográfica, nunca dejó de llevar desde entonces ese exilio en la piel. Su película siguiente, “Sur” (1988), que forma un díptico inseparable con “El exilio de Gardel”, así lo demuestra. Como en “Rayuela”, que Cortázar dividió en “Del lado de allá” y “Del lado de acá” (por Buenos Aires y París), ambos films responden a esa misma complementación y un mismo estilo. “Sur”, donde el Polaco Goyeneche canta “Vuelvo al sur”, con música de Piazzolla, es una Buenos Aires tan irreal como París lo era en “El exilio…”. No es la mirada de un francés pero tampoco de un argentino: es la mirada de un exiliado sobre un pasado que le fue escamoteado por la lejanía, y que busca reconstruir a través del arte.
En “El viaje” (1992), filosa parodia del menemismo, y “La nube” (1998), basada en la obra de teatro de Tato Pavlovsky “Rojos globos rojos”, Solanas prosiguió con sus puestas en escena teatrales, rupturistas, pero ya más desmelenadas, sin la fuerza ni, sobre todo, la pasión que había puesto en su díptico. Finalmente, en otro año de infortunio como fue 2001, su último proyecto de ficción, “Afrodita”, basado en la novela de Isabel Allende y que iba a llevar un elenco internacional que debió cambiar sobre la marcha, quedó interrumpido para siempre.
Su activa integración a la vida política lo empujó más tarde, una vez más, al cine documental de sus comienzos. Con el mismo pulso firme de entonces estrenó sucesivamente “Memoria del saqueo” (2004), “La dignidad de los naides” (2005), “Argentina latente” (2007), “La próxima estación” (2008) y, entre otros, “La guerra del fracking” (2013). Sin embargo, como declaró más de una vez, nunca dejó de fantasear con otras dos nuevas películas de ficción. “Si me dan los pies”, decía. La maldita enfermedad del siglo se lo impidió.
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