20 de diciembre 2001 - 00:00

Frente a caos y guerra se regresa a la poesía

Vinicius de Moraes
Vinicius de Moraes
Madrid - Si alguien, por ejemplo un indefenso peatón cualquiera perdido en la ciudad estos días de fiesta, se ha propuesto buscar el libro mágico que todo lo encierre, que lo aleje de las crisis y la guerra, pero anda desesperado ya por no encontrarlo, quizá pueda entrar en una librería y pronunciar estas palabras: «'Para vivir un gran amor', de Vinicius de Moraes, por favor».

De verdad que estas 238 páginas, editadas por Mondadori en España (y que no son las primeras en nuestro idioma, ya que en Argentina fueran publicadas por De la Flor, en los tiempos en que Vinicius daba recitales en Buenos Aires y en Punta del Este). La nueva traducción, que permite recuperar al poeta, ha corrido a cargo de José Angel Cilleruelo, y son textos que lo encierran todo. O casi. La música, sí, claro. Pero no sólo. También el cine, los gatos, el fútbol, la vejez, la religión, el odio al racismo, la infancia, el jazz, los frágiles amores de la adolescencia y hasta la poesía, tanto en en su parcela teórica (teorías y definiciones para intentar explicar lo inexplicable del acto poético) como práctica (joyas en verso como esa «Canción para la amiga que duerme» o «La medida del abismo»).

Marcos Vinicius da Cruz de Melo Moraes fue, desde la cuna de 1913 hasta la tumba de 1980, un tipo excesivo. Excesivo en el amor (siete matrimonios y no se sabe cuántas amantes), excesivo en el alcohol («El mejor amigo del hombre es el whisky» fue su frase de cabecera), excesivo en la amistad y excesivo en la actividad. La actividad que más le gustaba, bien es verdad, era si se obvia su pasión por las señoras, meterse en la bañera con la botella de whisky al lado y pensar. ¿En qué? Ah, eso es mucho pedir... «Simplemente pensar, puede que incluso en nada», le gustaba decir.

Este libro/salvavidas, publicado en su edición original en 1962, abre ante los ojos asombrados de los seguidores musicales de Vinicius la dimensión literaria del coautor de la inolvidable «Garota de Ipanema» (junto con Antonio Carlos Jobim, el otro mago de la bossa nova).

Poeta desde niño

Vinicius alterna con equiparables dosis de maestría el poema y la crónica. En el caso de la poesía, pareció tenerla clara desde el pupitre del colegio de los jesuitas de Botafogo, en Rio, donde cursó estudios: «Por naturaleza y vocación, me consideré un poeta desde niño», aseguraba, «aunque tuve que ganarme la vida con la diplomacia» (fue cónsul de Brasil en Los Angeles y Montevideo). Su padre, Clodoaldo Pereira da Silva Moraes, también era poeta, aunque inédito, y a esa convivencia del fracaso paterno con el éxito filial en el campo poético también dedica el autor otra pieza («El día de mi padre»).

En cuanto a la prosa y pese a dejar claro de entrada que «escribir prosa es un arte ingrato» el autor de «Canción del demasiado amor» dejó grabadas algunas piezas cortas cuya capacidad de emoción no parece tener límites. Esta parte en prosa está compuesta por algunas de las crónicas que Vinicius publicó durante un tiempo, y a partir de 1959, en las páginas del diario carioca «Ultima hora». Los temas bailan, la forma de contemplarlos también, pero siempre, al final, con la evidencia de un martillazo o como un halo impercepible, es el tema del amor y sus contrarios, o sea el desamor y la inaccesibilidad el que surge desde debajo de las letras. Y ahí el gurú de Río de Janeiro es invulnerable: «Quisiera darte también el mar donde nadé de pequeño, el tranquilo mar de isla donde me perdía, donde me sumergía y donde encontraba la forma elemental de todo lo que existe en el espacio: estrellas muertas, meteoritos hundidos, el plancton de las galaxias, la placenta del Infinito» («Poema de cumpleaños»).

En otra pieza de orfebrería,
Vinicius de Moraes imagina que la palidez extrema de la luna se debe a su estado de enamoramiento incipiente, y decide embarazarla del Mundo: «Hoy, fecundada, la Luna ha vuelto finalmente al cielo, serena y radiante como nunca la había visto antes. Por la expresión con que me ha mirado, pienso que ya está embarazada. O mucho me equivoco, o mañana estará llena».

«Para vivir un gran amor»
es la mejor prueba de cómo Vina, como le llamaban sus amigos más íntimos, supo entrecruzar con la sabiduría de un alquimista medieval los caminos de la poesía y del cancionero popular brasileño, envolviéndolo todo en el más puro sentido de la cotidianidad; del mismo modo que supo fundir los de las músicas populares cariocas y el jazz dando lugar a las efervescencias de la bossa nova.

Vinicius de Moraes quiso ser médico, pero fue poeta, autor dramático, crítico de cine (entre sus críticas hay una emocionada de «Hiroshima mon amour», de Alain Resnais), diplomático, periodista por tiempos y músico con mayúsculas. Este libro habla de todo ello. Lo hace desde la voz escrita del poeta. «Para vivir un gran amor» también podría haberse titulado: Vinicius de Moraes: la vida, instrucciones de uso.

El buen burgués

Su oficio de poeta (vividor y un poco caradura) le impidió ejercer su ocupación de diplomático. Así que prefirió juntarse con músicos bohemios y susurrar bossa novas, seguir con la vista a las garotas de la playa de Ipanema mientras entrechocaban suavemente los hielos de su whisky. Vinicius cultivó su leyenda de buen burgués mientras afianzaba la pamistad de Neruda o se dejaba fotografiar junto a Jorge Amado. Nacido en Rio en 1913, publicó su primer libro de poesías en 1933, poco más tarde consigue su primer trabajo serio, el de censor cinematográfico, pero según dijo nunca cortó nada, fuera por su carácter indolente o por convicción. Consiguió una beca para estudiar en Oxford y se convirtió en diplomático. «Pero, de hecho, como digo siempre, vine a ser diplomático porque no sabía hacer otras cosas», explicaba en una entrevista poco antes de morir en 1980. Fue destinado durante 5 años a los Angeles hasta 1950, allí se acercó al mundo del cine (una pasión añadida) e hizo las migas suficientes con Orson Welles para asistir a sus rodajes.

Entre 1953 y 1956 fue segundo secretario de la embajada brasileña de París, aunque todos sabían que su verdadero despacho estaba en el bar de enfrente, donde un mensajero le llevaba los papeles que debían ser firmados y cursados sin interferir en la tertulia de intelectuales que se reunían frente a los inevitables whiskys.

Se definió a sí mismo como
«el blanco más negro de Brasil», apreciaba la samba como arte popular y a su regreso a Río comenzó a trabajar con Antonio Carlos ( Tom) Jobim, su parceiro (algo más que un compañero, un socio). Uno pone la música y el otro la letra, convirtiendo esa costumbre de repartir el talento con los demás en uno de los secretos mejor guardados de la música popular brasileña.

Así no importa lo grande que sea un compositor que siempre encuentra tiempo para cantar una canción ajena. De modo que en los días previos a la explosión de la bossa nova todo el mundo hablaba bien de los demás. Esa tradición se ha mantenido hasta hoy, donde las grandes estrellas cantan las canciones de los recién llegados; quizá por ello
«Garota de Ipanema» se convirtió en una canción que ha cantado todo el mundo (Sinatra incluido) y que todo el universo quisiera para sí el punto de vista creativo de Jobim y Vinicius, sentados en un bar contemplando los andares de aquella chica.

Vinicius se consideraba un buen declamador y se convirtió en cantante con el simple añadido de las guitarras de Toquinho, Jobim, Carlos Lyra, Baden Powell o Chico Buarque. En 1962, cuando la bossa nova se presentó en el Carnegie Hall de Nueva York, el nuevo y cadencioso ritmo fue llamado a suplir el bloqueo de la música cubana tras la revolución. Luego, en 1964, los militares dan un golpe de Estado en Brasil, pero la bossa nova viaja libre por todos los rincones.

Vinicius demostraba que no hay distancia entre la poesía y la música popular, se volvió a definir como un vagabundo aprendiendo de las mujeres dejando versos que susurran en mitad de una canción: «La tristeza no tiene fin, la felicidad sí».

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