22 de diciembre 2004 - 00:00

"Frente a la poligamia nunca pensé: 'pobrecitas'"

Para la noruega Asne Seierstad, que ha contado en tres libros su experiencia en conflictos internacionales, la clave de sus obras es respetar las costumbres del país que visita y hacer participar al lector de la vida íntima de personas reales.
Para la noruega Asne Seierstad, que ha contado en tres libros su experiencia en conflictos internacionales, la clave de sus obras es respetar las costumbres del país que visita y hacer participar al lector de la vida íntima de personas reales.
Con su libro «El librero de Kabul» Asne Seierstad (Oslo, 1970) pasó de ser una corresponsal de guerra -que ha estado en Rusia, China, Irak, Kosovo, Chechenia y Afganistán- a obtener elogios y premios internacionales como escritora. En 2001 acompañó a la Alianza del Norte en su entrada en Kabul, luego de la huida del régimen talibán. Allí conoció al librero Sultán Khan que le permitió vivir con su familia y conocer costumbres y tradiciones que trasladó a su libro. Seierstad ha escrito, además, los libros «Ciento y un días», sobre la caída de Sadam Hussein, y «La espalda contra la pared», sobre sus experiencia en Serbia. Dialogamos con ella en su visita a la Argentina.

Periodista
: ¿Le gusta meterse en problemas?

Asne Seierstad: (Ríe) Es verdad, comencé como corresponsal extranjera a los 24 años, y estaba trabajando en Rusia para un diario noruego cuando estalló la guerra en Chechenia.


P.:
¿Qué hacía en Rusia?

A.S.: Me gradué en Filosofía y Lenguas Extranjeras en la Universidad de Oslo y fui a Moscú a estudiar ruso. Entré en el periodismo porque me interesa la política y, en 1994, Rusia era una sociedad muy interesante, en mutación, habíauna oleada democrática tras la caída del comunismo con surgimiento de nuevos partidos políticos.


P.:
¿Allí se convirtió en coresponsal de guerra?

A.S.: Nunca me había imaginado que estaría en una guerra, pero en Moscú era imposible cubrir ese conflicto desatado a miles de kilómetros. Me di cuenta de la cantidad de propaganda que había en los medios rusos. Entonces me decidí, para poder saber qué estaba ocurriendo realmente, a ir a los frentes de combate.


P.:
¿No debe ser común una corresponsal de guerra mujer?

A.S.: Ahora hay bastantes, pero la mayoría son aún hombres.


P.:
Y una mujer joven y rubia se debe destacar...

A.S.: No en Chechenia y en Kosovo donde son bastante rubios, y en Afganistán eso no era problema porque, por ser mujer, tenía que andar cubierta. Eso de andar tapada de la cabeza a los pies me venía muy bien porque podía observar sin que nadie me viera. Si bien no sentí ninguna presión, que ni siquiera se me vieran los ojos me dejaba más tranquila.


P.:
¿Se enfrentó a algún momento de combate?

A.S.: A muchos, obvio. Cuando se entra en una guerraes porque se ha decidido no tener miedo. Una se vuelve de hielo.


P.:
¿Qué relación encuentra entre periodismo y literatura?

A.S.: Son géneros complementarios. Escribí tres libros y todos empezaron con un viaje periodístico. Pero al periodismo siempre le falta el tiempo que tiene la literatura. Se tiene que enviar la información de inmediato y poco se puede reflexionar. Para escribir «El librero de Kabul» me pasé muchísimo tiempo en casa de la familia que describo. A veces, era muy aburrido porque sus vidas lo son. Pero, de pronto, surge algo que ilumina todo lo que pasa. Para encontrar eso hay que soportar mucha espera. Es un trabajo de paciencia.


P.:
¿Cómo llegó a ese librero de Kabul y su familia?

A.S.: Apenas llegué a Kabul me fui a una librería, y el dueño me contó como enfrentó la censura de la Unión Soviética. Pensé: qué buena historia para mi diario. Volví tanta veces para saber más que un día me invitó a cenar con su familia y me di cuenta que esa familia, como viven y piensan, tenía que ser un libro. Logré que me dejaran vivir con ellos y entrar en la intimidad de un grupo que si bien estaba sufriendo la guerra y la pobreza tenía sus pequeñas alegrías. Afganistán está partido en dos mundos, el de los hombres y el de las mujeres. Con los hombres estuve en su negocio, en viajes, en discusiones, era una vida activa, normal para una mujer occidental. El mayor contraste fue cuando quise saber de la vida de las mujeres, como ellas tuve que estar sentada en el suelo haciendo tareas menores, porque no se puede salir sin el permiso del sultán.


P.:
¿Qué le pasó como occidentalal estar con mujeres que viven encerradas en su casa y que aceptan la poligamia?

A.S.: Soy periodista y sólo pensaba: qué interesante. Recuerdo cuando el librero me contó como eligió a su segunda mujer. Al ver a esas mujeres nunca pensé: pobrecitas. Cuando viví con ellas, hubo momentos en que me enojé con lo que les ocurría, me parecía injusto y triste, pero no dije nada. Tenía que respetar las costumbres de esa sociedad. Las mujeres viven en casas donde ni siquiera hay ventanas para mirar a la calle. La mayoría de pasa su existencia en el patio interior. El encierro las despoja de toda curiosidad. No es que no haya afganas felices, pero todas tienen una total dependencia del marido. Si el marido está bien, ellas están bien. Bueno, hay rebeldes que para salir de eso eligen el canto o el suicidio. Cuando se conoce ese mundo una se siente feliz por lo que tenemos y se valora más la libertad que hemos conquistado en Occidente.


P.:
¿Por qué cree que su libro se convirtió en best seller?

A.S.: Porque está escrito como una novela. Hay una relación directa con los personajes y lo que se cuenta es información real. No es la visión de una noruega, es la vida de un grupo de afganos. Eso me ayudó no sólo en mi país, donde se han vendido cien mil ejemplares, sino en los más diversos países.


Entrevista de Máximo Soto

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