4 de diciembre 2006 - 00:00

Gallardo: también los artistas aman

Un sector de la singular exposición de Ana Gallardo, que recopila souvenirs, cartas, camisetas,fotos, dibujos y objetos vinculados a pasados amorosos.
Un sector de la singular exposición de Ana Gallardo, que recopila souvenirs, cartas, camisetas, fotos, dibujos y objetos vinculados a pasados amorosos.
El amor es el tema de la muestra con sabor y título de bolero, «La hiedra», que inauguró la semana pasada la artista Ana Gallardo en la galería Alberto Sendrós. Perteneciente al Grupo de la X (Macchi, Ballesteros, Antoniadis, Siquier, Rascciatti, Papparella, entre otros), jóvenes que en 1987 resignaron la impronta expresionista para explorar las vías reflexivas del arte, Gallardo cambió hace unos años el rumbo de una producción cada vez más involucrada en sus afanes sentimentales. El arte que Gallardo presenta ahora puede resultar indiferente, conmover o cautivar, que es lo que busca, pero se destaca porque es una rareza, viene de un modo «primitivo» a romper con la actitud distanciada que aún las expresiones más atrevidas, como el arte de acción o las performances, mantienen al espectador en la lejanía que impone la teatralidad que las caracteriza.

La muestra, cuyo núcleo consiste en el relato de cinco historias femeninas cuya receptora es Gallardo, que entreteje la trama para darle un poético formato visual, trata sobre la atracción y el afecto, pero tiene un plus inesperado: es fiel reflejo de algunos vínculos que el amor ha consolidado en una de las mayores comunidades artísticas que alberga Buenos Aires, cuyos miembros tienen una edad que se puede definir como «intermedia».

A través de la revista «Ramona» y de correos electrónicos, Gallardo realizó una convocatoria para que quien la leyera la hicieran depositaria -durante el tiempo que dura la muestra- de algún objeto ligado a su historia amorosa. La exposición se inicia en la extensa escalera de ingreso a la galería abarrotada de souvenirs, cartas, camisetas, fotos, dibujos, pinturas a cuatro manos, estrellas y estrellitas, corazones, letras de canciones, y hasta un velador, que llegó prolijamente embalado desde Rosario.

Más o menos apasionados, más o menos íntimos, eróticos, melancólicos, cursis, románticos e, inclusive, más o menos valiosos desde el punto de vista estético, todos los objetos ostentan el nombre del remitente. Dato que, dada la naturaleza de la convocatoria y la honestidad de quienes entregaron algo de verdad entrañable, implica la posibilidad de descubrir un costado que suele estar oculto: la sed amorosa de artistas, coleccionistas y allegados al circuito. «Este es mi mundo, aquí siempre me siento y me sentí amparada,» afirma la artista, parada en el límite donde el arte se confunde con la vida.

La curadora Victoria Noorthoorn le dedica un texto a la exhibición, dice que Gallardo construye vínculos con sus retratadas que van «más allá del decoro», luego agrega que la obra revela «situaciones que desafían al propio espacio de exposición, lo cruzan hacia los sitios más inimaginables, hacia el espacio de la vivencia irracional, el sentimiento primario más contundente, o la ilusión más profunda». En el centro de la sala principal, dominando la escena, cuelga del techo un nostálgico e inmaculado vestido color celeste que estrenó hace muchos años una jovencita soñadora que hoy evoca ese día. Los volados almidonados ponen alas a la imaginación.

Dejá tu comentario

Te puede interesar