Egberto Gismonti ofreció un concierto a la altura de su fama, e incluyó algunas sutilezas-homenajes como la referencia a “Fuga y misterio” de Piazzolla.
úsico popular y demasiado folklórico para ser uno clásico. Pianista y guitarrista, compositor y recreador de algunos -poquísimos- otros autores. Con una ceremonia que tiene mucho que ver lo clásico: piano de cola, guitarras acústicas de 10 cuerdas amplificadas por micrófonos y no por línea, ausencia de escenografía y de trabajo significativo de luces, el adusto Egberto Gismonti, aunque de look algo hippie, no establece un diálogo demagógico con el público. Su estilo, preludiado en la mayor parte de las músicas que toca, herencia de Bach y de Villa-Lobos, no deja nunca de estar presente en su obra. Pero, simultáneamente, no se ocultan los sonidos de lo más profundo de la música de Brasil, las marcaciones rítmicas que nada tienen que ver con Europa, cierta "suciedad" en el toque guitarrístico que sería inadmisible para un concertista o una técnica pianística que tampoco cumple estrictamente con esas normas. Así es Gismonti, un músico muy difícil de clasificar que es prácticamente un estilo en sí mismo. Un artista que nació en Carmo, una pequeña localidad del este brasileño ubicada en el interior del estado de Río de Janeiro. Un pianista-guitarrista-compositor que se ha codeado por igual con la tradición de su país y con los más grandes nombres del jazz internacional. En la Argentina tiene muchos admiradores. Pero, quizá por la fecha entre semana, porque su concierto se dio justamente en la misma noche de la entrega de los premios Gardel -con gran movimiento en el teatro de enfrente-, porque los precios de las entradas no siempre están al alcance los los fans o, más sencillamente, porque hace rato que sus presentaciones vienen escaseando en sorpresas, la cantidad de gente que se acercó al Gran Rex para escucharlo estuvo lejos de llenar esa enorme sala. Nada le importó sin embargo a un Gismonti que tocó, como tantas otras veces, con la seriedad y la entrega que se le conoce. Puede achacársele que hace rato viene reiterando su formato: una parte dedicada a las guitarras, otra al piano -en este caso, saca lo mejor de sí-. Algunos cuestionan y otros, simultáneamente, festejan ese modo suyo de tocar todos los temas como si fueran uno solo, apenas interrumpidos por acordes resolutivos y aplausos. En todos los casos, y otra vez sin sorprender, recorrió temas suyos, clásicos o no tanto, en ese estilo que mencionábamos al principio. Tuvo algunas sutilezas-homenaje, como la referencia que hizo a "Fuga y misterio" de Piazzolla. Mostró, como no puede ser de otro modo en él, virtuosismo instrumental y concentración. No hizo concesiones al aplauso fácil -casi que busca lo contrario- y se emocionó frente al respeto del público. Y tuvo un recuerdo para MIA (Músicos Independientes Asociados) de hace 30 años que cerró con "Agua e vino".
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