10 de enero 2002 - 00:00
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Y menos, la escena casi buñuelesca donde veintenas de tullidos corren a los tumbos con sus muletas para recibir una o dos piernas ortopédicas que alguien les tira en paracaídas...
Quizás esto no pase en la realidad, quizás sea una exageración del autor, pero, como decía Mark Twain a propósito de ciertas costumbres medievales, «si no tenían éstas, tendrían otras iguales o peores». Y para el caso quedan justo iguales, el piloto anónimo, y el mullah con los chicos hambrientos, tirándoles comida al voleo, como si fueran pollos.
Makhmalbaf crea con estas situaciones una inquietante poesía, que también se expresa tanto en imágenes hermosas y contradictorias (el sol del desierto en la sequía, las mujeres que surgen cantando melancólicamente rumbo a una boda, con sus burkas asfixiantes pero multicolores), y en actitudes inesperadas y reveladoras (las chicas jugando con pulseras y pinturas a un paso de la frontera), como en el uso de nombres simbólicos.
Por ejemplo, el de la protagonista, Nafas, significa «respiración», vocablo más que adecuado para referirse a su relacion con la gurka.
Otro tanto pasa con el propio nombre de la película. Ese camino a Kandahar, alude tanto al lugar donde estaba en aquel momento el poder mas temible, como al lugar donde está Dios. Al que uno puede descubrir de pronto, en medio del dolor. Sin ninguna frase rimbombante, lo dejan ver unas jóvenes doctoras de la Cruz Roja, en su sacrificada paciencia. Lo vive, un norteamericano perdido y descreído, que asumio su misión de paz en esa guerra, y es en cierta forma el espejo crítico de la protagonista. Ella también, vive su Kandahar. La obra sólo dura 85 minutos. Y lo dice todo.


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