R ecién sobre el final, ciertos espectadores pueden considerar que algunas cosas del film son medio rebuscadas, medio difíciles de creer. Al otro día quizá descubran más. Pero como esas cosas surgen en consonancia con el estado anímico de los personajes, y de los propios espectadores, se aceptan. Además, la película se integra a toda una tradición del relato policial norteamericano, con argumentos de giros antojadizos, pero efectivos. Para el caso, un abogado de criminales, hombre con cierta elegancia, que gusta del trago y las mujeres (y cuyo alter ego es un detective sin elegancia pero con iguales inclinaciones), descubre que sus pequeños hijos están en peligro. Y que la Policía, por supuesto, no piensa ayudarlo en lo más mínimo. Pero ése es sólo uno de los problemas que le surgen por haberse enredado con la mujer indebida. Ella es una mujer de aspecto frágil, cuyo padre luce cierta falta de tornillos, defecto que puede ser peligroso, y cuyo ex marido gusta de usar las herramientas como armas. Los problemas no terminan ahí, ni tampoco terminan con la solución de ese asunto de los niños. John Grisham hizo una buena novela, y el veterano Robert Altman la adaptó (bajo el seudónimo de Al Hayes), dándole su toquecito escéptico. Habrá final feliz, pero no tanto.
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Ambientada en Savannah, Georgia la misma localidad de «Medianoche en el jardín del bien y del mal»-, la película de Altman elude varios vicios del estilo Grisham, y acentúa más el lado policial que el de los estrados judiciales, con un buen elenco, una puesta en escena donde cada posición de cámara y cada extra que pasa (y cada imagen que aparece en el televisor, siempre prendido) están justificados, aportan algo, nunca desentonan. Un ejemplo, la escena en que el abogado anda con sus chicos entre la multitud. O, antes, el momento en que un colega (que ya le robó la esposa) se va de una fiesta llevándose públicamente una copa en la mano, mientras que, para llevarse otra copa similar, una joven disimula mediante un simulacro, lo cual pinta, en tres segundos y sin palabras, sus respectivos caracteres. Además, el realizador confeccionó un guión preciso, de esos donde todo lo que aparece tiene su razón de ser, sean robos, gatos, puertas, huracanes, unos viejos medio chiflados, o un viejo cuento, referido en el título original, que puede tener más de un destinatario. Cierto que algunas cosas pueden parecer prendidas con alfileres, pero ya se dijo que eso responde a una tradición. Kenneth Brannagh, con cierto aire de Orson Welles joven, la interesante Embeth Davidtz, Daryl Hannah, y el maestro Robert Duvall son otros tantos puntos a favor.
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