28 de enero 1999 - 00:00

"HAY UN TONTO EN MI CASA "

C iertos parisinos cachadores tienen una costumbre execrable: cada semana van a una cena llevando como invitado a algún pelmazo. El que lleve al más imbécil, gana. De esa forma, un joven y petulante editor invita a un gordito que le recomendaron, un entusiasta constructor de maquetas con fósforos, más cargoso, inocentón y atolondrado que otra cosa. Pero algo sale al revés de lo pensado.
Más claramente, todo sale al revés, y no porque el gordito no sea lo que se dijo, sino porque al piola le viene una cadena de desgracias, el lumbago lo ataca, la mujer lo deja y esto recién comienza. ¿Y adivina el lector quién podrá ayudarlo, con un salvavidas de plomo tras otro? Pasatiempo teatral de verano, que los franceses amaron durante años, aquí es llevado al cine por su propio autor, Francis Veber, y su protagonista en las tablas, el petiso medio peladito Jacques Villeret, medianamente recordado entre nosotros por
sus apariciones en películas de
Claude Lelouch (siempre hacía de amigo tonto del héroe).
No se disimula el origen teatral de
«Hay un tonto...», ni hace falta. Ahí reside, precisamente, la gracia en este tipo de producciones, donde el público ama ver a sus comediantes en diversas situaciones «a telón abierto» y que las situaciones sean buenas. Y Veber sabe de eso, porque aquí van a sucederse sin detenimiento la intriga, la inquietud, el enredo, la humillación de los soberbios, el momento donde el más infeliz demuestra su altura moral y también su inteligencia, y las soluciones que todo lo enredan, porque el juego debe seguir... Y algo más: el público quiere cosas previsibles, que al mismo tiempo lo sorprendan. Y Veber también sabe de esto.
No por nada el hombre escribió «La jaula de las locas» y tantas otras comedias que todavía se celebran. Sin embargo, el cansancio llega, también para él. Esta comedia sigue un poco los lineamientos de su vieja y querida «L'enmerdeur» (aquí discretamente rebautizada «Sálvese quien pueda»), pero, claro, ahora el hombre tiene más oficio que inspiración. El resultado es que ahora, con una obra suya, se pasa el rato. Antes se pasaba un rato inolvidable.

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