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23 de julio 2003 - 00:00

Imaginativa versión musical de Wilde

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Cibrián y Mahler, junto al elenco


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La versión de
El fantasma de Canterville ya no es aquel espantajo siniestro que pretendía asustar a los imperturbables yankis, sino un apuesto caballero, rodeado de una corte celestial, que aguarda la llegada de una doncella para liberarse de una antigua maldición. Su mundo ha perdido toda connotación diabólica y recuerda de algún modo al luminoso reino de los elfos, ideado por
La estética del espectáculo respalda ese criterio y, tanto el diseño de luces como los efectos de sonido y la abundancia de humo, logran transportar al público a un ambiente mágico. Son recursos, si se quiere básicos, para una comedia musical, pero en este caso se integran muy eficazmente a los contenidos de la obra.

La historia de amor que surge entre el fantasma y Virginia (la adolescente norteamericana) es una novedad que no traiciona al texto original. El torturado fantasma sufre por esta jovencita como lo hacía el monstruoso príncipe de

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