17 de abril 2001 - 00:00

Innecesario artificio malogra una buena obra

El amor apasionado que «Pancho Ramírez, el caudillo entrerriano, sintió por «La Delfina», una cautiva de origen portugués que lo acompañó en la guerra y fue su lugarteniente, es un tema provocativo y fascinante. La vida de «La Delfina» se alimenta de misterio, y este misterio sirvió de base a Susana Pujol para construir su obra. La autora supone que la montonera se refugió, en su huida, en la casa de la antigua novia del caudillo, a quien él abandonó para seguirla. Con esa base, creó una historia que vincula a las dos mujeres en una relación en la que una de ellas somete a su enemiga, tratando de recuperar a su amado y al final resulta siendo sometida.

Pancho Ramírez murió en el enfrentamiento sostenido con los que antes habían sido sus aliados, cuando trataba de rescatar a la que durante años había sido su compañera. «La Delfina» lo sobrevivió 18 años y murió en Concepción del Uruguay el 28 de junio de 1839. Pujol no se propone retratar la realidad: crea una ficción a partir de un hecho posible, aunque no probable, insertando en la historia dos personajes: la criada y el hermano de la novia despechada, que son los que finalmente desencadenan los hechos que determinan la muerte de la heroína.

La atmósfera creada por Daniel Marcove tiene algo de pesadillesco: los encantamientos y los conjuros a los que se entrega la protagonista la transforman por momentos en una especie de hechicera. El director se dejó tentar por un estilo que aspira acercarse a la tragedia, pero deriva hacia el melodrama. La escenografía de Beatriz Martínez y Graciela González reitera los efectos de una puesta anterior y debilita la fuerza de la trama. La música de Marcelo Alvarez destaca la grandilocuencia y el patetismo de la puesta, lo mismo que las marcaciones coreográficas de Silvia Vladiminsky. Respondiendo a los lineamientos del director, las actrices optan por una declamación forzada de los parlamentos y caen en lo recitativo.

El resultado es artificioso. Es una lástima, porque Virginia Lago es dueña de una técnica excelente que le permite afrontar el desafío de las marcaciones y moverse casi como una bailarina. Pone pasión en lo que hace y tiene una bella voz que le permite entonar con acierto las canciones. Pero la manera ampulosa en que vierte los parlamentos le quita verdad a su desempeño. Además, el haberle impuesto que hable con acento portugués constituye otro obstáculo, y es innecesario. Ana María Casó y Stella Matute optan también por la grandilocuencia. El menos afectado por el estilo impuesto es Gabriel Rovito, por lo que su personaje resulta el más creíble.

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