«Los malditos caminos» (Arg., 2001, habl. en esp.). Guión y dir.: L. Barone; documental.
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Con anterioridad, Luis Barone había probado sus armas en dos obras de ficción: una comedia coral, «24 horas (algo está por estallar)», sobre jóvenes de diverso pelaje, y un drama de apenas una hora, «Buenos Aires plateada», sobre gente de mediana edad que ajusta cuentas con su pasado político (si es posible, ajustando el cuello de viejos traidores). Pero acá se prueba con un trabajo de muy largo aliento: un documental de tres horas, sobre toda una generación.
El núcleo convocante, es la agitada historia de un nacionalista volcado al peronismo de izquierda, José Luis Nell, su segunda esposa, Lucía Cullen, y el cura que los casó en la clandestinidad, Carlos Mugica. A través de ellos, se reconstruye una parte de la historia de la Resistencia Peronista, en anécdotas y personajes que van del grupo Tacuara al MNRT, la JP, las FAP, Lealtad, y otros sectores (dicho sea de paso, los Montoneros terminan calificados como delirantes). La historia también evoluciona desde la Plaza de Junio del 55 a la del 74, el asalto al Policlínico Bancario y los magnicidios posteriores, las andanzas de los nacionalistas por China Comunista, Cuba, Checoslovaquia, y Puerta de Hierro, los choques entre patotas de los '50 y la masacre de Ezeiza, y otros hitos de la violencia nacional, hasta culminar con la propia muerte de los protagonistas. Guías principales del relato son Jorge Rulli, jotapé de la primera hora, y hoy pequeño productor agropecuario, Alejandro Mugica, hermano y contrera del religioso, y Elena Goñi, ex-periodista. No son los únicos, sino los principales, aunque podría reclamarse que casi todos tocan la misma campana.
Atento al registro de una historia oral que se va perdiendo, Barone deja a otros la confrontación de testimonios. De todos modos, el material es interesante, tanto por lo que dice, incluyendo autocríticas, como por lo que calla o reivindica. A nivel específicamente cinematográfico, en cambio, se le podrían pedir más planos abiertos, más tomas de ambientación, ciertas indicaciones de puesta, y mayor material de archivo. Reprochable, el gusto argentino por las digresiones. A veces, la trama se diversifica o se demora con enredos que bien merecerían una película por sí mismos, pero aquí sólo sirven para dilatar el relato, que, por demasiado abarcativo, aprieta poco, demorando la posible emoción. Da para otra película, por ejemplo, la historia de la famosa fuga de Punta Carretas, que dos ex-tupamaros cuentan en el mismo lugar de los hechos, hoy convertido en shopping (e incluso podría narrarse mucho mejor).
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