4 de marzo 2002 - 00:00
Jack el destripador sigue siendo un caso abierto
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Johnny Depp
•Conspiración real
Por ejemplo, la entrañable Hammer Films, adalid del gótico pop inglés en los años 60, le dio una hija no menos mortífera en «Las manos del Destripador» (1972), de Peter Sasdy, y antes ya le había travestido literariamente, mezclándole con el Mr. Hyde de Stevenson, y literalmente, convirtiéndole en la bellísima Martine Beswick, en «El Dr. Jeckyll y su hermana Hyde» (1971), joya de culto gay dirigida por Roy Ward Baker.
•Ficción
Es habitual y recurrente mezclar al histórico destripador con personajes de ficción (y otros reales) pertenecientes al mismo universo victoriano de la luz de gas y los coches de punto: el Dr. Jeckyll volvió a ser Jack en «Al borde de la locura» (1989), una auténtica locura, valga la redundancia, psicotrónica de Gérard Kikoine, protagonizada por Anthony Perkins.
Y ya antes de la citada «Asesinato por decreto», por cierto, una de las películas favoritas del novelista James Ellroy (que de psicópatas sabe lo suyo: su madre fue asesinada por uno), Sherlock Holmes se había enfrentado a Jack en las pantallas, en la simpática «Estudio de terror» (1965), de James Hill, novelada posteriormente por el dueto Ellery Queen.
Quizá una de las versiones más ingeniosas, en plan pastiche victoriano, que nos ha ofrecido el cine sobre el tema, sea el encuentro entre el brutal y astuto Jack, el escritor H. G. Wells, interpretado por Malcolm McDowell, y la mismísima máquina del tiempo (que también vuelve ahora al cine), en la lograda « Escape al futuro» (1979), de Nicholas Meyer, experto sherlockiano, que hizo encarnar al Destripador en un genial David Warner, encantado de escapar al siglo XX, donde sus crímenes pasan prácticamente inadvertidos.
•Dimensión mítica
Sin embargo, a diferencia de investigadores y novelistas, los cineastas han estado, en muchas ocasiones, más interesados en la dimensión mítica de Jack el Destripador que en el hecho de conocer su verdadera identidad. Jack representa la encarnación del puritanismo victoriano, en su expresión más feroz y temible. A través de su figura sin rostro entrevemos los rasgos imaginarios del Conde Drácula, del Dr. Jeckyll, del hedonista Dorian Gray y de los fantasmas de una época tan brillante como hipócrita, tan moralista como turbia.
Así, es normal que los cineastas «expresionistas» alemanes, al igual que pintores y artistas como Kubin, Grosz o Dix, se vieran fascinados por el personaje, perfecta encarnación también de los propios demonios de Weimar: lo encontramos como perseguidor implacable en un episodio de «El hombre de las figuras de cera» (1924), de Paul Leni; en «La caja de Pandora» (1928), la obra maestra de G. W. Pabst, basada en «Lulú», del dramaturgo Franz Wedekind, donde su cuchillo alegórico pone punto final a la carrera fatal de la protagonista; y también encarnado en la figura ya inmortal de Meckie Messer, personificación de la explotación capitalista de la pobreza y la mujer, en la obra maestra de Bertolt Brecht y Kurt Weill, «La opera de dos centavos», también llevada a la pantalla en la época dorada del cine alemán por el propio Pabst, en 1931, en la versión protagonizada por Lotte Lenya.
En un contexto bien distinto, pero que no deja de tener sus claras conexiones con la estética (y la ética) del expresionismo, Alfred Hitchcock también echó mano de Jack para uno de sus primeros films de suspenso: «El enemigo de las rubias» (1926), basado en un célebre relato de Mary Belloc Lowndes, del que se han hecho al menos otras dos versiones más: una de John Brahm en 1944, y otra de Hugo Fregonese, diez años después, en 1954.
La lista podría ser, si no interminable, al menos bastante extensa, incluyendo desde thrillers menores y sangrientos, como «Jack the Ripper» (1960), de los competidores de la Hammer, Robert S. Baker y Monty Berman; pasando por psicotronías europeas como «Der Dirnemoerderer von London», producción germana dirigida por nuestro Jesús Franco, hasta llegar a series de televisión, dudosas políticamente pero de indudable y británica calidad, como la realizada en 1988, al tiempo que el «From Hell» de Moore, por David Wickes, con el título de «Jack el Destripador», y con Michael Caine en el papel que ahora interpreta Johnny Depp en «Desde el infierno».
Todas ellas, y otras muchas, muestran con sangrienta claridad que Jack el Destripador es mucho más que un simple asesino. Es un mito del siglo XX, encarnación de la peor pesadilla del mundo moderno: el psicokiller.
En cuanto a la solución final, está la que daba John Landis, en uno de los desopilantes episodios de su olvidado film «Amazonas en la Luna» (1987), en el que Henry Silva, parodiando los programas tipo «Misterios sin resolver» y a los presentadores estilo Leonard Nimoy, demostraba que Jack el Destripador no era otro que... ¡Nessie! El auténtico Monstruo del Lago Ness. ¿Increíble? ¿Imposible? Bueno, quizá no mucho más que la solución que ahora nos trae, en pleno puritanismo neovictoriano, «Desde el infierno».




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