3 de abril 2001 - 00:00
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Obra del "Aleijadinho" .
Sin embargo, los defensores del barroco han pasado por alto dos características esenciales de su desarrollo. No se ha tenido demasiado en cuenta el ideal de síntesis del arte barroco. Este movimiento ha provocado que las obras de arte individuales tiendan a la unión de las distintas disciplinas; a la fusión de los distintos géneros, pintura, escultura, arquitectura.
El Barroco se despliega en contrastes: entre formas pequeñas y grandes, cercanas y lejanas, entre lo cóncavo y lo convexo, entre la luz y la oscuridad. Pero tales oposiciones son superadas por una unicidad de fondo: su objetivo es una realidad en la que lo natural y lo sobrenatural concurren para establecer una amalgama espectacular.
Desde el punto de vista técnico, el Barroco recurre a la intensificación de los efectos luminosos para traducir el dinamismo y la profundidad espacial. Al convertirse la luz en el elemento capital de las obras, cobra fuerza el color, las escenas devienen en teatrales y la complejidad se adueña de las composiciones.
Pero ante todo, en el Barroco hay que considerar su llamado a la participación del observador: la pintura y la escultura, por medio de la apasionada movilidad de las obras y la audacia de las formas, sacaron al espectador de la contemplación objetiva; la música, por su parte, lo complicó en las intrigas de la ópera y la arquitectura lo envolvió en la pródiga abundancia de sus plazas, rampas, escalinatas, escaleras, fugas espaciales y pórticos.
Proyecto
En América el Barroco es una etapa fundamental de su historia, en la que, de algún modo, culmina el proyecto fundacional de la conquista y se trazan los límites institucionales de los que fueron surgiendo las distintas nacionalidades. Los colonizadores llevaron al Brasil las primeras imágenes religiosas. El arte barroco se desarrolló en esa región como una explosión mística.
Las esculturas sacras, realizadas en barro cocido o madera policromada y dorada, constituyen un testimonio significativo de la cultura brasileña de profundas raíces religiosas. El culto traspasó los límites de los templos y se trasladó al ámbito privado en forma de oratorios. Los rituales ganaron el espacio público en las fiestas religiosas y las procesiones, que promovieron el encuentro de todos los sectores sociales.
En el siglo XVIII se desarrolló en Brasil la talla decorativa. En la arquitectura, la armonía de las formas contrasta con las tallas y la exuberancia en el interior de las capillas, incluso hasta las bóvedas, revestidas también de apliques de madera. También se realizaron notables retablos, especialmente los de columnas salomónicas, con apliques de rocalla. Ya desde principios de ese siglo, la actividad artística se desarrolló principalmente en Minas Gerais, centro aurífero de Brasil.
En ese período surgió una de las más singulares figuras del arte colonial, el arquitecto y escultor Antonio Francisco Lisboa (1738-1814), «el Aleijadinho». La decoración exterior o los paños curvos de fachada son algunas características de su estilo, definido como mineiro, en iglesias como la de Ouro Preto y Congonhas do Campo, entre otras.
La escultura del «Aleijadinho», que se destacó en la técnica de la talla, culmina en Congonhas do Campo, en el conjunto de los doce Profetas, tema bíblico que fue frecuente en las portadas historiadas del gótico. Pero su mayor riqueza no se refiere a las fuentes, sino al carácter moderno que otorga a la disposición de las figuras, de acuerdo con las reglas de correspondencia, oposición y compensación, que organizan la dinámica barroca de los movimientos y los pliegues.
Al no estar previstos para la frontalidad del altar, la escultura de los profetas -trabajada circularmente-no demanda un único un punto de vista sino que se abre a enfoques diversos.
En la interpretación americana de los ideales estéticos del barroco europeo --transculturalización, evidente en la talla y la escultura, por ejemplo-, la teatralidad se transforma en drama mestizo, la mitología indígena irrumpe en la leyenda cristiana. «En el arte se pueden ver las maravillosas expresiones del barroco latinoamericano con sus múltiples y retorcidas líneas entre las cuales se van colando las expresiones propias de sus artífices», ha dicho Lepoldo Zea.
El Barroco brasileño ha generado un Paisaje Cultural que inicia el Brasil y tiene una enorme influencia en el arte y la arquitectura de toda América latina. Hablar de Paisaje Cultural es, necesariamente, hablar de la región. Conviene recordar que hasta hace quinientos años o menos, el hombre sabía de la Naturaleza y la Cultura a través de su región.
Los descubrimientos de nuevas tierras y la fundación de los Estados Nacionales modificaron las perspectivas de manera drástica, junto con la transformación de las ciudades en vastas concentraciones humanas. Aun así, como lo demuestra la historia, los Paisajes Culturales de América no fueron sepultados. En los siglos XVII y XVIII, el mejor ejemplo es precisamente el Barroco. La realidad de cada una de las naciones de América latina, que es un mosaico -un espejo roto, al decir de Octavio Paz-, muestra las semejanzas de nuestros pueblos. Y junto a las diferencias y semejanzas, es posible hablar del Paisaje Cultural de los países del área.


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