21 de febrero 2007 - 00:00
"Juego a confundir, pero no oculto nada"
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Umbral: «En este libro me ha interesado mucho decir verdades,
pero no verdades escandalosas, sino íntimas, profesionales.
Igual que el arquero de fútbol es profesional de su
arco, yo lo soy de mis cosas».
F.U.: Bueno, es que Sartre es otro ejemplo de lo que hablábamos antes, pero él monta ese juego no como una estrategia de novelista, sino por razones filosóficas y de pensamiento. Sartre es muy buen escritor y a mí me encanta lo que dijo en una entrevista de que, a partir de ese momento, sólo iba a escribir contra sí mismo. Después de esa declaración, murió, claro.
P.: Hablando de estrategias, ¿cuál es la suya?
F.U.: En mi caso, puede que sea una estrategia puramente literaria, estética, más decorativa que otra cosa... Pero esta vez yo no quería hacer un libro sobre mí, sino unas memorias del siglo XX, que es el mío. Un siglo donde he vivido libremente, alegremente. Quería agarrarme a sus aspectos más atractivos, pero resulta que se convirtió en un libro de mí mismo. Yo no tengo la culpa.
P.: Sus lectores últimamente se han preocupado por su salud. ¿Uno cambia con la enfermedad, se vuelve más solidario con las debilidades ajenas?
F.U.: Nada de eso. La enfermedad lo que lo vuelve a uno es más egoísta. Y más a un escritor, que de por sí lo es. Y, luego, está la tentación de escribir sobre ello, un tema peligroso por demasiado fácil. Yo ya lo hice en «Mortal y rosa»; al parecer, con buenos resultados. Y, precisamente por eso, no es un camino que deba seguir, que deba explotar más.
P.: ¿Y la vejez? ¿Ha llegado la hora de asumirla?
F.U.: Hasta ahora, la había olvidado, más pendiente de las circunstancias, de la enfermedad, pero ahora, ya recuperado, superados los obstáculos, es peor, en el sentido de que tengo que afrontar la realidad cotidiana.
P.: Confiesa que ha vivido el siglo XX con violencia, ¿a qué se refiere?
F.U.: Me refiero a mi manera de afrontar, de acometer las cosas, con intensidad. El siglo XXI ya me agarra más cansado... Pero la verdad es que la idea la tomé de un ilustre presentador que, cuando hace muchos años habló de uno de mis libros, dijo que tenía que suscribir todo lo que yo había dicho e incluso hacerlo con violencia. Tenía mucha altura y me quedé con ello. Los que somos profesionales de la palabra estamos constantemente cuidando y persiguiendo los significados y, a mí, términos como violencia o atroz me gustan mucho porque, colocados fuera de contexto, cobran fuerza. Hace poco, leí una crítica en la que se reprochaba a un escritor que siempre pusiese los adjetivos previsibles. Y estoy de acuerdo, quien no sea capaz de forzar el lenguaje no puede ser un buen escritor.
P.: Dice que el siglo XXI lo agarra cansado. ¿Tiene la impresión de ser hijo de otra época?
F.U.: Suelo olvidarlo en el día a día, inconscientemente, pero la vida me lo recuerda cuando veo algunas películas y no recuerdo a los actores. Entonces me doy cuenta de que soy yo el que estoy pasado y no ellos, que están de plena actualidad, como Penélope Cruz, y son para mí una sucesión de desconocidos. Y lo mismo me pasa con los premios, no reconozco los nombres de muchos de los premiados. Hace poco, vi un documental en el que Fernando Fernán-Gómez hace una exploración ejemplar de su vida, y me impactó porque está en ese mismo rollo... La gente de la que habla ya queda muy lejos de la de hoy... Hasta la Gran Vía es otra cosa. Ya no es como era.
P.: ¿Y cómo contempla el siglo XXI?
F.U.: El siglo XXI ya me importa menos. Me da la impresión de que se están consumando y consumiendo temas y sistemas del siglo XX. Hay menos novedades y sorpresas. Ya no se inventan bicicletas geniales en el pensamiento, la ciencia, la técnica... No hacen más que perfilarse ideas ya esgrimidas en el XX. Es como si estuviéramos viviendo un poco de las rentas, aunque no descarto que este siglo pueda sorprendernos un día con un gran petardazo.
P.: Volvamos al principio, ¿esta es su obra más sincera?
F.U.: No se fíe.




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