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21 de febrero 2007 - 00:00

"Juego a confundir, pero no oculto nada"

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Umbral: «En este libro me ha interesado mucho decir verdades, pero no verdades escandalosas, sino íntimas, profesionales. Igual que el arquero de fútbol es profesional de su arco, yo lo soy de mis cosas».
Madrid - De Francisco Umbral -ganador del premio Cervantes en 2000 y del premio de periodismo Mesoneros Romanos en 2003- llama la atención su fragilidad, hecha de los azotes de las últimas recaídas de su grave enfermedad, pero también su lucidez reflexiva, su empeño por seguir adelante, entusiasmándose con su nuevo libro, «Amado siglo XX» o con el tema que utilizará para escribir una próxima columna. El día de la entrevista, el escritor barajaba dos posibilidades: las modelos excluidas de la Pasarela Cibeles por su delgadez o la muerte del inventor del metegol.

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Periodista: Empecemos por el final del libro, donde se retrata a sí mismo, como un hombre con dos vidas: la real y la que se ha ido forjando a través de la literatura.

Francisco Umbral: Lo que hago es facilitar el trabajo a los críticos. En este libro, me ha interesado mucho decir verdades, ser sincero. Y no me refiero a verdades escandalosas sino íntimas, profesionales. Hay una frase clave en el libro: «Soy un profesional de lo mío», y es la verdad. Yo lo que hago es hablar de mi vida, de mis escritores, de la gente que he frecuentado en la literatura y en la amistad. Igual que el arquero de fútbol es profesional de su arco, yo lo soy de mis cosas, de mi gato, de mi jardín... Los que no me entienden me tachan de yoísta, me ven como alguien muy entregado a su ego, pero resulta que no es eso. Yo escribo de mí mismo en tercera persona para distanciarme y decir cosas más esenciales. No se trata para nada de presumir de un coche, un traje o una novia.

P.; En esa doble vida ¿Llegó a confundirse? ¿Quiso confundir a sus lectores?

F.U.: He jugado a confundir, lo admito. En «Un ser de lejanías», el narrador Francisco Umbral llega una mañana y se dispone a entrevistar a Umbral sin ninguna explicación previa. Ahí se funden los dos, y debo confesar que esos juegos me gustan, pero no los he inventado yo. El que mejor juega consigo mismo es Marcel Proust, lo que pasa es que él lo hace bien por ocultar amores secretos que no le interesa divulgar, bien por narrar o no narrar cosas acerca de su madre, cuya muerte se salta, no la cuenta.

P.: Proust recorre muchas páginas de «Amado siglo XX», y también Sartre...

F.U.: Bueno, es que Sartre es otro ejemplo de lo que hablábamos antes, pero él monta ese juego no como una estrategia de novelista, sino por razones filosóficas y de pensamiento. Sartre es muy buen escritor y a mí me encanta lo que dijo en una entrevista de que, a partir de ese momento, sólo iba a escribir contra sí mismo. Después de esa declaración, murió, claro.

P.: Hablando de estrategias, ¿cuál es la suya?

F.U.: En mi caso, puede que sea una estrategia puramente literaria, estética, más decorativa que otra cosa... Pero esta vez yo no quería hacer un libro sobre mí, sino unas memorias del siglo XX, que es el mío. Un siglo donde he vivido libremente, alegremente. Quería agarrarme a sus aspectos más atractivos, pero resulta que se convirtió en un libro de mí mismo. Yo no tengo la culpa.

P.: Sus lectores últimamente se han preocupado por su salud. ¿Uno cambia con la enfermedad, se vuelve más solidario con las debilidades ajenas?

F.U.: Nada de eso. La enfermedad lo que lo vuelve a uno es más egoísta. Y más a un escritor, que de por sí lo es. Y, luego, está la tentación de escribir sobre ello, un tema peligroso por demasiado fácil. Yo ya lo hice en «Mortal y rosa»; al parecer, con buenos resultados. Y, precisamente por eso, no es un camino que deba seguir, que deba explotar más.

P.: ¿Y la vejez? ¿Ha llegado la hora de asumirla?

F.U.: Hasta ahora, la había olvidado, más pendiente de las circunstancias, de la enfermedad, pero ahora, ya recuperado, superados los obstáculos, es peor, en el sentido de que tengo que afrontar la realidad cotidiana.

P.: Confiesa que ha vivido el siglo XX con violencia, ¿a qué se refiere?

F.U.: Me refiero a mi manera de afrontar, de acometer las cosas, con intensidad. El siglo XXI ya me agarra más cansado... Pero la verdad es que la idea la tomé de un ilustre presentador que, cuando hace muchos años habló de uno de mis libros, dijo que tenía que suscribir todo lo que yo había dicho e incluso hacerlo con violencia. Tenía mucha altura y me quedé con ello. Los que somos profesionales de la palabra estamos constantemente cuidando y persiguiendo los significados y, a mí, términos como violencia o atroz me gustan mucho porque, colocados fuera de contexto, cobran fuerza. Hace poco, leí una crítica en la que se reprochaba a un escritor que siempre pusiese los adjetivos previsibles. Y estoy de acuerdo, quien no sea capaz de forzar el lenguaje no puede ser un buen escritor.

P.: Dice que el siglo XXI lo agarra cansado. ¿Tiene la impresión de ser hijo de otra época?

F.U.: Suelo olvidarlo en el día a día, inconscientemente, pero la vida me lo recuerda cuando veo algunas películas y no recuerdo a los actores. Entonces me doy cuenta de que soy yo el que estoy pasado y no ellos, que están de plena actualidad, como Penélope Cruz, y son para mí una sucesión de desconocidos. Y lo mismo me pasa con los premios, no reconozco los nombres de muchos de los premiados. Hace poco, vi un documental en el que Fernando Fernán-Gómez hace una exploración ejemplar de su vida, y me impactó porque está en ese mismo rollo... La gente de la que habla ya queda muy lejos de la de hoy... Hasta la Gran Vía es otra cosa. Ya no es como era.

P.: ¿Y cómo contempla el siglo XXI?

F.U.: El siglo XXI ya me importa menos. Me da la impresión de que se están consumando y consumiendo temas y sistemas del siglo XX. Hay menos novedades y sorpresas. Ya no se inventan bicicletas geniales en el pensamiento, la ciencia, la técnica... No hacen más que perfilarse ideas ya esgrimidas en el XX. Es como si estuviéramos viviendo un poco de las rentas, aunque no descarto que este siglo pueda sorprendernos un día con un gran petardazo.

P.: Volvamos al principio, ¿esta es su obra más sincera?

F.U.: No se fíe.

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