Apoco más de dos años de la muerte trágica del cuartetero Rodrigo Bueno, y a seis años exactos del accidente fatal de la bailantera Gilda, el ambiente de los bailes populares volvió a cobrarse otra víctima. Esta vez fue un joven catamarqueño, Walter Olmos, de origen sumamente pobre y estilo forjado a la sombra del ídolo máximo, Carlos «la Mona» Jiménez. Olmos murió ayer al pegarse un tiro en la cabeza mientras jugaba con un revólver en el hotel San Cristóbal Inn de la calles Estados Unidos 2837, un albergue que frecuentan los bailanteros. Su representante, José Luis Gozalo, dijo ayer: «Estaba jugando con un arma, que no sé de dónde salió. Le apuntó a uno de sus músicos, no salió el tiro. Le apuntó al otro, tampoco salió. Se apuntó la sien y salió el tiro».
•Versión
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El representante explicó que esa versión de los hechos se la habían relatado dos músicos que se encontraban con Olmos mientras se preparaban para dar tres recitales en Buenos Aires y sus alrededores. «Estaba normal, con el estado de ánimo perfecto», agregó para desmentir las versiones de prensa de que el cantante se había quitado la vida debido a «serios problemas» en la relación con sus familiares o con su novia.
No obstante, fuentes policiales informaron de que se investiga si el cantante, de 20 años, se suicidó por «problemas sentimentales» o si su muerte se produjo, como relató Gozalo, mientras jugaba con unos amigos a la denominada «ruleta rusa». En principio, la causa se caratuló «Suicidio».
Pueden ensayarse muchas explicaciones: el vértigo con que se trabaja, la locura que lleva a excesos de todo tipo, la velocidad con que suceden los éxitos y los fracasos. Psicológicamente hablando, podrá tomarse como un suicidio esta muerte absurda, producto del siniestro juego de la ruleta rusa. Podrá pensarse que, así, el catamarqueño obtuvo una fama aún mayor que la que conquistó en su brevísimo paso por el negocio de la música y que, en ese sentido, consiguió su objetivo.
Es difícil saber -justamente por la velocidad con que suceden los hechos-si Walter Olmos hubiera llegado a convertirse en un artista genuino. No tuvo tiempo. Ni de capitalizar su Luna Park lleno de hace muy poco. Ni de disfrutar su relación con el público. Ni de crecer como cantante si es que ese era su destino. El negocio lo trituró.
Se aprovecharon de la prematura muerte de Rodrigo para nombrarlo su sucesor. Lo pusieron en un pedestal que no pudo soportar -recordemos que ya había sido protagonista de algunos pequeños hechos policiales. Le dieron todo pero no fue dueño de nada, ni de su propia vida. Y, frente a eso, cuando lo material llega aún sin necesitarlo, cuando las mujeres se doblan a los pies de un joven de apenas 20 años, cuando nadie se preocupa por el crecimiento humano y artístico, la diversión aparece, como en este caso, en forma de juego fatal.
Ahora se sucederán los llantos desconsolados -y genuinos-de sus fanáticas. Vendrán las reediciones discográficas. Se llenarán de suplementos especiales, fotos, posters y recuerdos las revistas de la farándula. Y no sería extraño que hasta se creara un panteón frente al hotel de San Cristóbal donde Olmos disparó el gatillo final.
El cuartetero habrá equiparado a Rodrigo en su fama. Sus novias y amantes se disputarán, quizá, alguna paternidad y llegarán las peleas -seguramente mediáticas-por sus bienes materiales. Pero muy probablemente, también, en poco tiempo, estaremos presenciando en los programas televisivos de la tarde la aparición de un nuevo fenómeno: el sucesor de Walter Olmos, o de Rodrigo, o de Gilda. El negocio lo necesita.
Dejá tu comentario