27 de octubre 2005 - 00:00

La crisis nacional en positivo

Eduardo Blanco es el obrero desocupado que, junto a su familia (Alejandra Darín y losniños Nicolás Condito y Paula Molinari) se las arreglan para conservar el optimismo en«Un minuto de silencio».
Eduardo Blanco es el obrero desocupado que, junto a su familia (Alejandra Darín y los niños Nicolás Condito y Paula Molinari) se las arreglan para conservar el optimismo en «Un minuto de silencio».
«Un minuto de silencio» (Argentina-España, habl. en español). Guión y dir.: R. Maiocco. Int.: E. Blanco, A. Darín, A. Dechent, N. Condito, P. Molinari, L. Margani.

En pocos planos, el prólogo de este film nos ubica en uno de esos pueblos del interior que crecieron, no tanto con el murmullo de sus pájaros, sino con el ruido de la fábrica, un ruido al que sus habitantes ya parecen acostumbrados, y que les da tranquilidad. Hasta que de pronto surge el silencio, y un matrimonio mira estupefacto el telegrama que ha caído sobre el piso bien limpio de la cocina.

El resto de la historia nos cuenta cómo, bien acompañado por su esposa, el hombre, ex obrero especializado, se las arregla para mantener el optimismo (al menos frente a los suyos), cómo los hijos saben aceptar las restricciones económicas, y cómo al final todos juntos se las ingenian para salir de vacaciones a la Costa Atlántica. En pocas palabras, ésta es una mirada distinta sobre la crisis nacional. No muy graciosa, pero muchísimo menos llorosa, y más positiva, que otras cuantas sobre el mismo tema.

Tiene sus momentos de patetismo, es cierto, pero son breves, y algunos incluso se resuelven por una vía casi onírica, donde el personaje suelta angustias propias y ajenas vestido de payaso, alentando al público a reírse de las desgracias. Frente a la familia, él sigue sin quebrarse, y aunque se hayan ido a vivir, no a los caños, sino a un colectivo abandonado, los hijos se siguen educando. Libros de la biblioteca pública, en vez de programas de TV.

Sonrisas, en vez de quejas. Aceptación, entonces, y a ser buenos pobres. Aunque en el fondo, y en la buena perspectiva de nuestro personaje, «Estamos como empobrecidos, no somos pobres».

Viendo el vaso medio lleno, viviendo en un lugar poco estresante, y aprovechando mapas viejos para encontrar caminos alternativos (evadiendo el peaje) hacia la costa, nadie hace recriminaciones ni llora miserias. Podría reprocharse,de todos modos, alguna caída de ritmo, o el poco aprovechamiento del español Antonio Dechent como el cura del pueblo. El resto, desde Eduardo Blanco y Alejandra Darin hasta Nicolás Condito (que de veras se parece a su padre en la ficción) y la chiquita Paula Molinari, están bien y caen simpáticos.

A cotejar, la figura del amigo buscavidas que hace
Luis Margani en esta obra, con la de Franklin Caicedo en «Después de la tormenta», sobre la caída de la clase media baja cuando la crisis de 1989, ofreciendo un ejemplo, digamos, más heroico, pero no más realista.

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