9 de diciembre 2002 - 00:00

La familia, objeto de una farsa despiadada

La familia, objeto de una farsa despiadada
«Extinción» de Iñigo Ramírez de Haro. Dir.: R.Szuchmacher. Int.: I. Pelicori, H.Peña, P. Caramelo y R.Castro. Dis. de Ilum.: G. Córdova. Ambientación: R. Szuchmacher. («El Portón de Sanchez»)

La mediocridad e hipocresía de una familia (padre-madre- hijo), su miedo a la soledad y su creciente hartazgo ante una convivencia indeseada, son el punto de partida de esta despiadada farsa sobre la vida burguesa y el sinsentido de la existencia humana. La pieza del español Iñigo Ramírez de Haro define a la familia como la más siniestra de las instituciones y al matrimonio como un despreciable contrato que sólo asegura el mutuo sometimiento a la estupidez ajena y, lo que es peor, propicia la llegada al mundo de seres que no pidieron nacer.

El texto de Ramírez de Haro es de aquellos destinados a «épater les bourgeois» y su disección de las figuras parentales brinda acertados apuntes de la vida conyugal. Pero el autor parece haber descuidado la figura del hijo, un monomaníaco seducido por la nada, que sólo busca asesinar a sus padres para suicidarse después.

•Juego creativo

Hecha esta salvedad, la pieza ofrece muchas posibilidades de juego actoral, algo que el director Rubén Szuchmacher ha capitalizado con enorme creatividad y maestría. Su puesta es delirante, imaginativa y desprejuiciada, además de responder a acertados cambios de puntuación. Szuchmacher se ocupó de resignificar la obra fragmentando escenas, marcando minuciosamente la gestualidad y el tempo de cada actor e introduciendo oportunos separadores tanto lumínicos como sonoros. Esto le dio al espectáculo una sólida estructura musical que permite dinamizar la acción y enriquecer su espíritu farsesco.

Además de presentar a los integrantes de esta familia como tres fantoches sometidos al juicio del público, la puesta subraya la ruptura entre ficción y realidad propuesta por el autor. Por momentos se infiltra algo parecido a la perversa intimidad de los reality show o a esa patética euforia de los programas de entretenimientos: chistes malos, confidencias fuera de lugar y risas grabadas que ponen de relieve la banalidad e intrascendencia de la sociedad actual.

Todo esto está ligado a la idea de simulacro y ficción teatral que pone en juego la madre. Ella, en principio, teoriza y hasta se burla del teatro moderno buscando la complicidad del público. Pero sobre el final termina deplorando su presencia, ya que le impide quedarse a solas con su nuevo amante. Curiosamente, éste aparece en escena como un supuesto espectador (excelente trabajo de Roberto Castro) para incidir en la acción con consecuencias inesperadas.

La pieza se centra en la pareja protagónica, con brillantes actuaciones de
Horacio Peña y, en especial, de Ingrid Pelicori que vive en escena una permanente metamorfosis. Su criatura resulta cínica e ingenua al mismo tiempo. En su costado caricaturesco recuerda a los personajes de Copi o a la feroz Madre Ubú que imaginó Alfred Jarry. Al igual que ellos sus disparates, exabruptos y desbordes sexuales dan cuenta de una experiencia reconocible y visceral, que además conlleva una lúcida crítica a ciertas normas y valores.

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