14 de febrero 2005 - 00:00

La fugacidad como forma de lo eterno

«Bruselas, 1932»: dos respetables señores, captados cuando espían hacia donde no deben. Foto © Fundación Cartier Bresson y Agencia Magnum.
«Bruselas, 1932»: dos respetables señores, captados cuando espían hacia donde no deben. Foto © Fundación Cartier Bresson y Agencia Magnum.
El Centro Cultural Borges, con la colaboración de la embajada de Francia, inauguró el jueves pasado una extensa muestra de fotografías de Henri Cartier Bresson (1908-2004). Las obras pertenecen a la Fundación que lleva el nombre del artista y a la agencia Magnum, la primera dedicada al fotoperiodismo, creada 1947 por Cartier Bresson junto a Robert Capa, David Seymour, George Roger y William Vandivert.

Con su mirada amable y perceptiva, Cartier Bresson es una figura clave para la cultura de la imagen de Occidente. Su tema por excelencia fue la sociedad francesa, las pequeñas alegrías y tragedias de la vida cotidiana y, sobre todo, su encanto. Un encanto que no se quiebra en las cinco décadas que abarca la muestra, y que no logran empañar los horrores de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que alistado en el ejército, Bresson padeció casi tres años de prisión y fue sometido a trabajos forzados hasta que logró escapar.

• Humor

El drama es escaso en su obra. Con el mismo humor capta en 1932 el instante en que un hombre salta un charco, justo antes de que su pié se apoye en el agua y forme ondas en la superficie o, en 1962, a un « Académico» francés, atildado como si fuera un cortesano del siglo XVIII. Estas y otras imágenes revelan la mirada socarrona y tierna a la vez de Bresson, que observa con deleite los contratiempos de su personajes urbanos. Como los que capta espiando a través de un toldo, uno con su gorra, ensimismado en lo suyo y, otro, más elegante con sombrero y consciente de su acción, mirando furtivamente a ver si lo pescan en falta, cuidando el decoro a pesar del ridículo.

En las imágenes de la naturaleza se descubre un artista que amaba el equilibrio, y el mejor ejemplo es «Brie», un boulevard cuya impecable rectitud encaja a la perfección con su criterio del oficio, cuando dice que tomar fotografías es «hallar la estructura del mundo, regodearse en el placer puro de la forma».

Su interés por el surrealismo y su formación como pintor en la década del 20, dejan un rastro que es interesante advertir en varias de sus fotos, como en las mesas de un café de «Madrid» (1933), o las sombras que se despliegan en una calle de «Salerno» (1933), y que se asemejan a las de «Roma» (1965).

Con su afán por revelar lo sorprendente que esconde el mundo de todos los días, aportó el célebre concepto del «instante decisivo», es decir, y según su propias palabras, «se debe pensar antes y después, jamás mientras se toma la fotografía». En ese preciso momento, como explica
Susan Sontag en su texto « Sobre la fotografía», Bresson «se compara con un arquero zen, la mente debe convertirse en el blanco». O, sea, la mente debe estar instintivamente dedicada al objeto a fotografiar para poder capturarlo, como si el pensamiento se interpusiera entre el artista y su presa, como si fuera preciso olvidar el mundo para ir al encuentro del objeto que se quiere atrapar.

De este modo, bien podría decirse que sus fotografías tienen un antes y un después, y que existe otra realidad en el misterioso «durante». Lo cierto es que las imágenes del francés descubren un universo diferente, donde tanto la naturaleza como los personajes, al menos por un «instante», parecen posar para él, adaptarse a su parecer. En este mundo armonioso de
Bresson, los escuálidos personajes trepados en un árbol para mirar «La cremación de Ghandi», se han mimetizado con las ramas; un grupo de obreros polvorientos se confunde con las bolsas que los rodean, y el artista Alberto Giacometti con sus propias esculturas.

La muestra del Centro Cultural Borges deja constancia de una vida que se convirtió en un perpetuo viaje por el mundo, hasta 1975, cuando el fotógrafo regresó al dibujo y la pintura. Diferenciar sus tomas de la década del 30 y de las sucesivas, no es fácil, porque toda la muestra tiene el mismo aire de familia y en las obras se reitera antes que nada, la marca en el orillo del autor.

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