14 de febrero 2005 - 00:00
La fugacidad como forma de lo eterno
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«Bruselas, 1932»: dos respetables señores, captados cuando espían hacia donde no deben. Foto © Fundación Cartier Bresson y Agencia Magnum.
Con su afán por revelar lo sorprendente que esconde el mundo de todos los días, aportó el célebre concepto del «instante decisivo», es decir, y según su propias palabras, «se debe pensar antes y después, jamás mientras se toma la fotografía». En ese preciso momento, como explica Susan Sontag en su texto « Sobre la fotografía», Bresson «se compara con un arquero zen, la mente debe convertirse en el blanco». O, sea, la mente debe estar instintivamente dedicada al objeto a fotografiar para poder capturarlo, como si el pensamiento se interpusiera entre el artista y su presa, como si fuera preciso olvidar el mundo para ir al encuentro del objeto que se quiere atrapar.
De este modo, bien podría decirse que sus fotografías tienen un antes y un después, y que existe otra realidad en el misterioso «durante». Lo cierto es que las imágenes del francés descubren un universo diferente, donde tanto la naturaleza como los personajes, al menos por un «instante», parecen posar para él, adaptarse a su parecer. En este mundo armonioso de Bresson, los escuálidos personajes trepados en un árbol para mirar «La cremación de Ghandi», se han mimetizado con las ramas; un grupo de obreros polvorientos se confunde con las bolsas que los rodean, y el artista Alberto Giacometti con sus propias esculturas.
La muestra del Centro Cultural Borges deja constancia de una vida que se convirtió en un perpetuo viaje por el mundo, hasta 1975, cuando el fotógrafo regresó al dibujo y la pintura. Diferenciar sus tomas de la década del 30 y de las sucesivas, no es fácil, porque toda la muestra tiene el mismo aire de familia y en las obras se reitera antes que nada, la marca en el orillo del autor.



