3 de marzo 2004 - 00:00

La novela erótica entró ya en franca decadencia

La novela erótica está en plena decadencia. Se la encuentra en las mesas de saldo. Sólo sobreviven los clásicos (Bocaccio, Rabelais, Casanova, etc.) que, por su calidad, superan la categorización en ese género.

La novedad es que hoy las mujeres predominan en esa narrativa. La tendencia de que algunas mujeres se animaran el siglo pasado a escribir novela erótica (Anaïs Nin, Margarite Duras, Erica Jong) creció hasta desbordar a los hombres dedicados a lo que en un tiempo se llamó «letras libertinas». Competida por la TV por cable, los videos porno, la ausencia de censura, la novela erótica, siempre minoritaria, se ha ido devaluando y tiene cada vez menos interesados. «Antes se buscaban esos estímulos en libritos, hoy basta con el Viagra», lanzó entre carcajadas un librero de Cúspide.

Un síntoma mostró la evidencia final de la decadencia. A fines de enero, el XXVI Premio de la Colección «La sonrisa vertical» (que, en 1989, consagró a Almudena Grandes por «Las edades de Lulú», novela que lleva vendidos 250 mil ejemplares) fue declarado por segunda vez desierto. El jurado presidido por el director de cine Luis García Berlanga, e integrado por Almudena Grandes (que viene a fin de mes a la Argentina a presentar su nueva novela, «Castillo de cartas»), Juan Marsé, Eduardo Mendicutti, Rafael Conte y la editora Beatriz de Moura, sentenciaron que «entre los manuscritos seleccionados para la deliberación final, si bien algunos contenían ideas y planteamientos sugerentes que sintonizaban con el género erótico, carecían de ambición literaria; y los otros, presentando un tratamiento literario satisfactorio, no alcanzaban sin embargo la tensión erótica imprescindible para alcanzar el galardón».

«La decisión de dejar de lado el Premio recién se tomará en abril; para Tusquets -que creó La Sonrisa Verticales una colección única e histórica, Beatriz de Moura y Antonio López Lamadrid quieren seguir con ella»,
comenta Mariano Roca, director local de Tusquets.

Nacida en 1977, el primer libro de La Sonrisa Vertical fue «La insólita y gloriosa hazaña del Cipote de Archidona» de Camilo José Cela. Luego se irían sumando otros autores de prestigio: Margarite Duras con «El hombre sentado en el pasillo»; Georges Bataille con «Historia del ojo»; Henry Miller con «Opus pistorum»; Klaus Kinski con «Yo necesito amor», Sade con «La filosofía en el tocador». Los títulos parecieron ir acompañando la desaparición de la polémica, de principios del siglo XX, sobre las «diferencias entre erotismo, obscenidad y pornografía».

«En la Argentina, el lenguaje de España trajo al comienzo rechazo»,
señala Roca, «la gente no entendía palabras como 'follar' o 'polla', luego la cosa cambió pero siempre fueron libros para un sector reducido, eso sí, de seguidores fieles».

Hoy la «literatura erótica» ya no es un género, es un elemento que participa de la mayoría de los géneros literarios. Un buen ejemplo es que, mientras en España «Elogio de la madrastra», de Mario Vargas Llosa, salió en La Sonrisa Vertical, en la Argentina la publicó Planeta simplemente como una novela más. Para Ricardo Sabanes, de Planeta, «quienes inventaron la Sonrisa Vertical ya están mayorcitos, hoy la gente está en otra. Puede ver porno soft o hard por canales de cable, los escritores que temían la censura que sufrieron el «Ulises» de Joyce, «El amante de Lady Chaterley» de D.H. Lawrence, los «Trópicos» de Henry Miller o «Lolita» de Nabokov, saben que eso ya no existe, y como el puro erotismo ha saturado, ponen dosis en sus obras, pero como condimento picante». En síntesis, el género literario considerado más transgresivo dejó de serlo, y también dejó de ser redituable.

• Erotismo en femenino

«La novela erótica, una narrativa con una gran historia, es un género querido por la mujeres escritoras. Los hombres son tal vez menos propensos a exhibirse públicamente con la misma desinhibición que las mujeres, pero, cuando lo hacen, hay más transgresión y suelen ser literariamente más cuidadosos», afirmó Beatriz de Moura.

Se dice que fue en la antigua Grecia la poetisa
Safo, quien le dio origen, y de allí a «La vida sexual de Catherine Millet» (Anagrama) ha habido un aluvión de mujeres dadas a contar «como si se estuviera espiando una escena privada por el ojo de una cerradura», según la fórmula de la argentina Alicia Steimberg, y lo han hecho cada vez con más desenfreno. En el caso de Millet sólo supera la pornografía porque debe haber escrito su impresionante autobiografía sexual adentro de un freezer.

• Todo por dos pesos

Otra confirmación de la decadencia es que en las librerías de saldo de la avenida Corrientes, en la mesa de «1 por 2 pesos, 3 por 5 pesos», está la colección Agata, competencia de La Sonrisa Vertical, con títulos como «Afrodita» de Pierre Louÿs, «Las Canciones Lesbianas» de Mytilene, «Gamiani» de Alfredde Musset, «Fanny Hill» de Cleland, entre otros.

Jorge Luis Borges
, que fuera frecuentador de prostíbulos en su juventud y memorioso recopilador de versos sicalípticos que repetía en charlas de amigos para el común jolgorio, en un curioso texto de 1960, defiende la censura de la pornografía porque «lleva a la necesidad de tratar en forma indirecta lo obsceno». Si bien él sostenía que «un escritor que conoce su oficio puede decir todo lo que quiere decir, sin infringir los buenos modales y las convenciones de su época», acaso estaba reclamando que la literatura erótica no alcanzara su decadencia por saturar en lo explícito, por falta de literatura, exceso que hizo que el Premio de La Sonrisa Vertical quedara desierto.

Manuel Soler Herrera

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