«La última noche de la humanidad (a partir del universo de Karl Kraus)» de E.García Wehbi y A.Alvarado. Puesta en escena y Dir.: E.García Wehbi, A. Alvarado y D.Veronese. Int.: M.Alvarez, F.Figueroa, E.García Wehbi, R.Lamas y E.Niglia. Esc.: N.Laino. Dis.Ilum.: A. Le Roux. (Espacio Callejón-Humahuaca 3759).
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Todo intento de evocar los desastres de la guerra remite inevitablemente a la estupidez hu-mana siempre dispuesta a cebarse en sus propios errores. Así lo entendía el poeta, dramaturgo y ensayista satírico Karl Kraus (1874-1936), quien pasó buena parte de su vida luchando contra la hipocresía y la decadencia de la sociedad austríaca, siempre proclive al militarismo.
Sus mordaces aforismos («el arte sirve para enjuagarnos los ojos»; «la estupidez es una fuerza elemental contra la que ningún terremoto puede competir») fueron uno de sus vehículos preferidos para criticar la cultura vienesa «fin-desiècle»; pero su principal preocupación fue la guerra y a ella dedicó su trabajo más conocido, «Los últimos días de la humanidad» (1918-1919), un drama satírico de aproximadamente 800 páginas, en el que compiló artículos de diarios, canciones folklóricas, citas de personalidades eminentes y experiencias propias, con el fin de denunciar la inhumanidad de la guerra y la inescrupulosidad de la propaganda belicista, capaz de lavarle el cerebro a toda una sociedad.
Dada la extensión y virulencia de este atípico drama antibélico, Kraus sugería que la puesta en escena se realizara en Marte («el público de este mundo no sería capaz de soportarlo», apuntaba irónicamente). La versión que el Periférico de objetos acaba de estrenar en Buenos Aires tras su presentación en Austria (se trata de una coproducción con el Wiener Festwochen), se sirve del ideario de Kraus con absoluta libertad. Muchos de los tópicos que aparecen en «Los últimos días...» han sido adaptados al universo Periférico, siempre abierto a incorporar referencias y materiales de muy diverso origen.
• Contrastes
La puesta que suscriben Ana Alvarado y Emilio García Wehbi (con codirección de Daniel Veronese) se divide en dos partes bien contrastadas, pero en ambas la mayoría de las situaciones dramáticas parece quedar a medio camino entre la instalación plástica y la acción teatral (muchas de las escenas recuerdan momentos clave de «2001, Odisea del Espacio» de Stanley Kubrick).
La primera parte evoca un campo de batalla, cubierto de barro y de cadáveres, del que emergen cinco individuos desnudos y mentalmente devastados. Acordeón en mano, procuran inter-pretar la tragedia que han vivido, pero sus instrumentos desafinan y su creciente atontamiento los asemeja a una banda de simios jugando con los muertos.
La segunda parte del espectáculo es mucho más rica conceptualmente y de mayor atractivo dramático. La acción se desarrolla en un espacio hermético, que remite a una cámara gesell y, más específicamente, a la casa de «Gran Hermano». Allí conviven cinco individuos vestidos de blanco, rodeados de aparatos y electrodomésticos pasados de moda, sin saber si están aislados del mundo o directamente fuera de él. Una voz masculina, algo distorsionada, digita sus acciones y los obliga a hablar solamente en inglés.
El sometimiento del grupo a un idioma dominante implica una abierta crítica a la globalización, además de sugerir la existencia de un amo -a nivel internacional-de gran poderío económico y político. El militarismo que tanto criticaba Kraus estaría ligado en esta puesta a la política exterior norteamericana, como también lo sugiere una fugaz imagen en video del atentado a las Torres Gemelas. Esta es sólo una de las múltiples lecturas que ofrece la obra, ya que a la polémica actitud de dominadores y dominados se suma la terrible situación de encierro que viven los protagonistas y que es generadora de rivalidades, violencia y autodestrucción. «La última noche de la humanidad» es un espectáculo atractivo y sugerente, pero carece de la virulencia de otros trabajos «periféricos», quizás por haber apostado a la abierta exhibición de recursos visuales y de dispositivos escénicos, no siempre respaldados por una idea de peso. El desolador poema («Canto de cisne» de Dieter Welke) que aparece en pantalla sobre el final, permite verificar la gran fuerza evocativa que posee la palabra, ya que hace visible aquello que no se ve y, en este caso, supera con su testimonio cualquier batería de artilugios escénicos.
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