Magaly Solier en «La teta asustada», de Claudia Llosa.
«La teta asustada» (Perú-Esp., 2009, habl. en esp. y que.); Guión y dir.: C. Llosa; Int.: M. Solier, S. Sánchez, E. Solís, M. Ballón, B. Lazón, C. Heredia, M. del P. Guerrero.
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Sensible aunque imperfecto retrato de una mujer temerosa
Traumada desde la gestación, cuando en el vientre de su madre percibió la barbarie de la guerra, Fausta se ha criado mamando miedo. Ahora su madre muere, y ella, apocada, apenas veinteañera, viviendo de prestado en casa de sus parientes, deberá hacer el debido duelo, afrontar la alegría de los otros, que siguen viviendo, ceder su canto, que es su cultura y su poquita riqueza, robar lo que tendrían que haberle pagado, y, si es posible, superar su miedo a los hombres.
Esto último es lo que cualquier otra película habría usado como cierre, pero la autora, Claudia Llosa, no desbarranca en soluciones fáciles ni apuradas. Fausta desconfía, y bien vemos lo que ella, en sus temores, interpreta. Por algo, para que entremos en su espanto, la historia empieza con la pantalla en negro y una canción quechua cuyas primeras líneas parecen propias de un canto de amor: «Quizás algún día sepas comprender lo que tuve que sufrir». Pero la canción sigue, y se hace cada vez más estremecedora. La entona la madre, ya anciana, y la hija le responde como en un verso suave. Algo después, cuando necesiten algún documento de la finada, una tía dirá «no había prueba de que habían nacido, menos de que los habían matado».
Pero ya nadie habla de eso. Ya pasó, ahora la familia se dedica al negocio de organizar fiestas de casamiento. Ahí, y en los alrededores, y en «la casa de arriba», donde la chica entra a servir, conviven tristeza y alegría, belleza antigua y mersada (o kitsch, si se prefiere la palabra) sin atenuantes, ganas de disfrutar, egoísmo también, de diversas clases, y también respeto y simple hombría de unos pocos.
Ella irá discerniendo lo suyo, y la directora hilvanará su cuento, a veces como una Kusturica en ciernes, a veces con un tono cercano a la poesía, alternando humorismo y temor, y uniendo situaciones cotidianas actuales con símbolos propios de la vieja cultura incaica, cuyo íntimo sentido va siendo olvidado. Puede que el Oso de Oro en Berlín se lo hayan dado antes de tiempo. Su obra todavía es imperfecta, pero ya es bien sensible, asentada, y atractiva (y mucho mejor que la primera, «Madeinusa», con la misma actriz, Magaly Solier, viviendo una situación inversa: en un pueblito andino, como en Semana Santa Dios está muerto y no ve nada, la gente aprovecha, y esta chica aprovecha para conocer gente).
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