7 de diciembre 2001 - 00:00

"Las mujeres de hoy viven un momento de retroceso"

Almudena Grandes
Almudena Grandes
I nvitada por la Universidad de Mar del Plata a participar de un congreso sobre literatura española, Almudena Grandes llegó a Buenos Aires acompañada por su marido, el poeta español Luis García Montero. La autora de «Las edades de Lulú» (llevada al cine por Bigas Luna) y de «Malena es un nombre de tango» habló de su nuevo proyecto literario y de las ventajas de ser mujer en un ambiente dominado por los hombres.

Con soltura, la escritora madrileña hizo frente a todas las preguntas («en España me muerdo más la lengua; pero aquí, como estoy lejos, no me cuido tanto»). Dialogamos con ella:

Periodista: ¿Disfruta de estas actividades que le quitan tiempo para escribir?


Almudena Grandes
: A mí la literatura me gusta mucho. Yo siempre digo que escribo novelas porque no encuentro a nadie que me pague por leerlas. Pero, bueno, siempre he querido escribir novelas y esa es mi vocación; entonces, hablar de literatura es algo que me apasiona bastante, el problema es con quién y en qué tono. Por eso hay congresos que me interesan y otros que no. Además, son invitaciones que sólo puedo aceptar cuando no tengo un libro que presentar. El año que viene, por ejemplo, saco una nueva novela, «Los aires difíciles», y ya sé que durante el 2002 no voy a poder hacer nada que no sea vender el libro.

P.: Con «Las edades de Lulú» no necesitó hacer ninguna campaña.


A.G.:
Ese fue un libro muy afortunado en todo porque, además de ganar el premio «La sonrisa vertical», tuvo buena crítica y eso compensó cierta parte desagradable, ya que al tratarse de una novela erótica hubo gente que se puso un poco pesada conmigo. Es una novela que ha hecho por mí lo que pocos libros hacen por sus autores: me dio la oportunidad de vivir la vida que yo quería vivir.

P.: ¿Hay algún tema tabú en España?

A.G.: En España hay libertad de expresión respecto a todo menos a la monarquía. Eso es algo que no se puede poner en cuestión. Pero una cosa que sí me gusta de mi país es esa especie de sana ignorancia respecto a las normas morales que rigen la vida de los demás. En España pasan cosas que no pasarían en ningún país de Europa. Hemos tenido un vicepresidente, Alfonso Guerra, que fue bígamo durante años y años y nunca pasó nada. En el último gobierno socialista tuvimos un ministro homosexual y a nadie le importó y cuando pasó lo de Pedro J. Ramírez... El escándalo del director de un periódico que apareció en un video participando de una sesión sadomasoquista muy fuerte con una prostituta, tampoco pasó nada. El país reaccionó como diciendo: «que este señor haga lo que quiera y si quiere ponerse un corset pues que se lo ponga».

P.: Pero usted causó bastante revuelo. ¿No la criticaron las feministas?


A.G.:
Yo tengo una relación algo complicada con el feminismo que desde luego no es para nada monolítica. Diría que hay feministas que me adoran, feministas que encuentran que tengo cosas buenas y malas y feministas que me odian. No provoco reacciones unánimes.

P.: Su próxima novela será diferente de las anteriores ¿A qué obedece ese cambio?


A.G.:
En 1998, cuando estaba acabando mi cuarto libro, me di cuenta de que las cuatro novelas que había escrito, «Las edades de Lulú», «Te llamaré viernes», «Malena es un nombre de tango» y «Atlas de geografía humana», hablaban sobre lo mismo. Hasta ese momento yo había escrito sobre mi país, mi ciudad y sobre conflictos morales, ideológicos, sentimentales y sexuales propios de la gente de mi generación. Lo que no quiere decir que no sean conflictos universales; pero me di cuenta de que ya no podía seguir contando lo mismo, que de alguna forma había agotado el filón. Ahora acabo de terminar una novela que naturalmente se parece a las anteriores -porque es mía y porque habla de la memoria y de la infancia, que son mis temas-pero que parte de un marco argumental diferente y trata sobre conflictos diferentes. Tiene por protagonistas a una mujer de 53 años que vive sola y a un hombre de 40 que tiene una familia un poco extraña a priori, ya que vive con un hermano retrasado mental y una sobrina de 10 años.

Personajes

P.: ¿Cómo concibe los personajes?

A.G.: Siempre procuro que se alejen de los arquetipos de la literatura contemporánea, que en comparación con la del siglo XIX que es tan magnífica, han quedado muy empobrecidos. Que todos los seductores y todas las seducidas sean de una sola manera es algo que me aburre mucho.

P.: ¿A qué tipo de literatura se está refiriendo?

A.G.: Es el caso de mujeres que escriben sobre mujeres y que hacen un tipo de literatura muy light, muy baja en intensidad en la que la tonta es muy tonta y la lista es muy lista y así. Hubo un libro en especial, que estaba muy de moda cuando publiqué «El atlas...», que me cabreó mucho. Me refiero a «El diario de Bridget Jones», de la periodista Helen Fielding, un libro que me pareció horrible. Para colmo alguien me dijo: «Tiene que ver con tu libro». ¡Qué va a tener que ver con mi libro! Si ésa lo único que quiere es casarse.

P.: Sus mujeres de ficción son independientes y emprendedoras.


A.G.:
De todas formas, yo creo que las mujeres en general estamos viviendo un retroceso. Si alguien nos hubiera contado que en el siglo XXI las top models iban a estar en las portadas de las revistas femeninas no nos lo hubiéramos creído. O que las niñas iban a querer ser top models en lugar de ingenieras de caminos ¡A estas alturas de la vida! Cuando yo era pequeña las niñas queríamos ser cosas más razonables y bastante más progresistas que ésa.

P.: Su universo literario no parece tener mucho en común con el de otras escritoras de éxito como Isabel Allende, Marcela Serrano o Laura Esquivel
.

A.G.:
No.

P.: Se mueven en un campo que le es ajeno.

A.G.:
¡Vamos, tanto como ajeno! Cada uno elige un estilo determinado, pero para poner un ejemplo fácil de entender, a mí las mujeres que están detrás de la ventana no me interesan nada. Ese modelo tan autocomplaciente de mujer que se siente excluída pero que sólo se limita a estar encerrada haciendo un recuento de sus agravios y de lo horriblemente mal que la ha tratado la vida, a mí no me interesa. Es que al lado de las ventanas suele haber una puerta, entonces a mí me interesan mucho más las mujeres saliendo por la puerta y atreviéndose a que les rompan la cabeza igual que a los hombres. Además yo no tengo ningún problema con los hombres, no los odio ni siento que sean una amenaza para mí.

P.: ¿Nunca se sintió discriminada como escritora?


A.G.: A veces sí, pero también positivamente. Ahora mismo, en España, es más fácil empezar para una escritora que para un escritor, porque los medios se vuelcan más a las mujeres, les hacen más caso. Además, a las editoriales les interesa publicitarnos porque sigue habiendo más hombres que publican pero más mujeres que leen. En el tramo que estoy yo ya no hay discriminación de ninguna clase. Luego, hay un tercer tramo, el de la consagración absoluta, que incluye la consagración académica, que te pongan una calle en tu pueblo y tal... Ahí si hay una discriminación negativa para las mujeres. En España, al menos, todavía se hace muy difícil para una escritora entrar en los libros de texto, ganar el Premio Cervantes o que una plaza lleve su nombre.

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