Rowan Atkinson vuelve a interpretar, en este film de humor blanco y delirante,
a su famoso personaje Mr. Bean.
Si se busca un entretenimiento familiar que al mismo tiempo alcance un nivel de locura surrealista importante, las nuevas andanzas de Mr. Bean pueden convertirse en un auténtico plato fuerte de la tontería psicodélica. Con chistes menos escatológicos y un obvio homenaje a Jacques Tati, empezando por el título, que remite a «Las vacaciones del señor Hulot», el personaje que hizo famoso a Rowan Atkinson convierte cualquier objeto o situación común y corriente en una trampa kafkiana para él y aquellos que encuentra en su camino.
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Una rifa ridícula en la parroquia de su barrio catapulta a Mr. Bean a Francia, munido de una camara de video y unos boletos de tren para disfrutar de las playas de la Costa Azul en un viaje que tiene como punto culminante la ciudad de Cannes justo durante el festival de cine. La trama es un poco obvia: Bean anda cámara en mano y puede arruinarle cualquier escena al famoso cineasta Willem Dafoe, autor de un soporífero film de arte que mejorará gracias a los aportes de la performance avant garde del turista ultrabobo.
Resulta simpático ver a Dafoe en el papel de director cascarrabias sometido Rowan Atkinson vuelve a interpretar, en este film de humor blanco y delirante, a su famoso personaje Mr. Bean. a los gags que puede provocar Mr. Bean en medio del rodaje de una escena de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que de nuevo Atkinson y el director Bendelack homenajean al Peter Sellers del prólogo épico de «La fiesta inolvidable» de Blake Edwards.
En medio de los homenajes y chistes tomados prestados de Tati -incluyendo uno formidable en la ruta, que se repite muy bien al estilo Bean- la película pierde un poco de su potencial por lo endeble y minimalista de la trama sobre un niño ruso al que el protagonista separa accidentalmente de su padre, por lo que es perseguido por la ley como posible secuestrador.
Pero los momentos cómicos son muchos y variados, con pequeñas obras maestras como la escena en la que Bean hace una performance callejera simulando que es la soprano de un aria de Puccini. En general todo es muy inocente, desquiciadamente surrealista y divertido. Bean se consigue una novia -la hermosa Emma de Caunes- y al final sólo hay que lamentar lo breve del papel de Jean Rochefort.
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