25 de noviembre 2004 - 00:00

"Lisboa"

Carlos Moreno y Belén Blanco: la comunicación con dificultades en «Lisboa», de Néstor Lescovich.
Carlos Moreno y Belén Blanco: la comunicación con dificultades en «Lisboa», de Néstor Lescovich.
«Lisboa» (Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: N. Lescovich. Int.: B. Blanco, C. Moreno, L. Caseaux.

A lo largo de 25 años, Néstor Lescovich ha realizado apenas cinco largometrajes: el experimental «Ceremonias», el drama sentimental «Mis días con Verónica», el policial «Sin opción», uno de ambiente peruano, aquí todavía sin estrenar, «Corazón Voyeur», y la obra que ahora vemos. En cada uno de esos trabajos ha experimentado distintas formas narrativas, y ha mantenido al mismo tiempo un particular interés por las relaciones afectivas.

En esta obra desarrolla despaciosamente el drama del difícil diálogo entre un padre acaso cardíaco, muy inclinado a escaparse de los problemas, y una hija medio psicótica. Han pasado casi treinta años, y recién van a conocerse, por unas pocas horas, en la habitación de un hotel. Podría ser el comienzo de una época prometedora, en consonancia con la que están anunciando por TV (justo la llegada del nuevo milenio), pero empiezan a emplear sus respectivos códigos, sus repertorios de excusas o de acusaciones, según el caso, y todo se dificulta.

La chica es particularmente conflictiva, y tiene sus razones, pobrecita, pero también tiene un manejo que enloquece a cualquiera, y logra que el otro se quiebre. Ahí, entonces, le extiende la mano. El asunto es que el otro pueda tomarla, o que en cambio tome las valijas y se mande mudar esquivando las complicaciones, como ha hecho hasta ahora. «Vos vivís entre estatuas y yo vivo entre fantasmas», es el reclamo que mejor los define, en un juego donde Belén Blanco y Carlos Moreno lucen realmente a gusto sus capacidades interpretativas, y donde unos versos del «Libro del desasosiego», de Fernando Pessoa, tienen distinta llegada para la muchacha que vibra con ellos, sin conocer Portugal, y para el hombre que vive en Portugal pero quizá sólo conoce la estatua del escritor. La dificultad, para el espectador de cine, está en la forma elegida para el relato, ya que el tono y el «tempo» manejados, los juegos actorales, y la «suspensión del verosímil» ( empezando por el raro ambiente y la escasa participación de actores secundantes) convierten este trabajo en una especie de cine teatral, si cabe el término, y sugieren que el lugar propicio para verlo sería más bien una salita de teatro, antes que una sala de cine, donde difícilmente se aprecien sus méritos.

P.S.

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