26 de febrero 2008 - 00:00

"Lobo" perturbador, bello y violento

«El lobo» es un espectáculo coreográfico donde Rotemberg expone, sin concesiones ni pudor, el cuerpo humano, con zonas que rozan lo escatológico.
«El lobo» es un espectáculo coreográfico donde Rotemberg expone, sin concesiones ni pudor, el cuerpo humano, con zonas que rozan lo escatológico.
«El lobo». Int. y Dir.: Pablo Rotemberg. Mús.: F. Mompou, F. Liszt, G. Mahler, P. I. Tchaikovsky, Ch. Durán y N. Hagen. Ilum.: F. Berreta. Col. Creativa. G. Tarrío. Esc.: M. Hoijman. Vest.: P. Delgado. (El camarín de las musas.)

La descripción minuciosa de una profunda neurosis parece ser el eje primordial de «El lobo», una obra coreográfica concebida, interpretada y dirigida por Pablo Rotemberg que acaba de reponerse. En un largo «solo» coreográfico de cerca de 50 minutos se asiste a un proceso en el que un hombre polariza su necesidad expresiva con su intensa soledad y aislamiento, alcanzando grados de violencia extrema.

Rotemberg propone una acción lúdica que comienza por la exhibición cruenta de un cuerpo distorsionado hasta los confines, sin que el observador pueda dilucidar, en intrincados escorzos que aparecen detrás de un piano, a qué partes de la anatomía humana corresponden, mezcla de masa informe y alumbramiento de dos brazos extendidos, dos piernas y finalmente un torso comprimido del que silenciosamente y sin pausas, aparece la cabeza de «El lobo».

El espacio es delimitado por una plataforma cuadrada de unos tres metros de lado. En esa superficie azulejada, un piano, un inodoro, un lavatorio y un bidet presentan un paisaje tan íntimo como inquietante. En él Rotemberg, siempre iluminado con exactitud por el diseño de Fernando Berreta, desarrolla su danza virulenta.

La violencia se apodera de sus movimientos llegando a la exasperación sin perder sentido estético. Primero en silencio y luego con la inclusión de la música, que él mismo interpreta en el piano o que se oye como banda sonora (Liszt, Mahler, Tchaikovsky, Mompou) el personaje atribulado por la soledad y la exposición de ataduras psicofísicas cotidianas intenta con dolor un reconocimiento introspectivo de su cuerpo sujeto a necesidades fisiológicas.

Escatológico por tramos en la interacción con los artefactos del baño, sus evoluciones llevan a Rotemberg hacia lo prístino de sus urgencias musicales, en eterno conflicto con todos los demás elementos que lo rodean. Algunos rasgos de humor que se cuelan en la acción no llegan a mitigar lo trágico de su itinerario.

Magnífico bailarín, su actividad física durantetoda la obra es agotadora. Electrizante en su entrega, Rotemberg suma el gesto a la danza, totalizando una performance en que los signos poéticos se pueden leer entre la enmarañada red de conexiones del artista con el entorno asfixiante de ese baño que limita su libertad espacial y espiritual.

Acompañado por todos los rubros técnicos puestos a su servicio, Rotemberg y su «lobo», con el extrañamiento que comporta su acción y sus actividades higiénicas y donde el desnudo comporta un recurso expresivo fundamental, impresiona al espectador con la potencia de un golpe asestado certeramente en la mandíbula.

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