23 de enero 2002 - 00:00
"Los actores son de una raza detestable pero muy literaria"
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Pablo Illanes
Periodista:A los 28 años, con su primera novela alcanza el éxito en Chile y logra poner pie en España para conquistar Europa...
Pablo Illanes: Me considero un hombre de suerte. Siempre he sido el hombre correcto en el lugar preciso, como se decia en una película de Hitchcock. «Una mujer brutal» empezó a cuajarse en el año '98, en Nueva York, donde estaba viviendo por razones que nada tienen que ver con la literatura sino con la televisión y el cine. Siempre he pensado que uno tiene que escribir sobre lo que conoce. Yo sobre fútbol no podría escribir jamás. Ni sobre un filólogo que trabaja en lenguas muertas.
P.: ¿Por qué contó sobre un símbolo sexual de la televisión?
P.I.: Llevaba 4 años trabajando en Canal 13, el canal de la Universidad Católica de Santiago de Chile, aprendí mucho, y sentí la necesidad, no de hacer una denuncia, pero si de contar como funciona un canal en América Latina. Tal vez no Canal 13, pero si de dar cuenta del poder del ego, de la soberbia y, en especial, de lo que implica una telenovela, como producto de masas, que llega mucho al público, que se consume muy rápido, que se acepta muy fácil y que, también, se olvida muy fácil.
P.: ¿Ese fue el puntos de partida?
P.I.: En la Sarli de la película «Carne», pero con mayor desparpajo. La novela tiene esa característica, es una figura televisiva pero que no tiene nada que gustar. Es de provincia, para mi un tema muy importante porque si hubiera nacido en cualquier capital latinoamericana seria totalmente distinta, sería más hipócrita, más cínica en el momento de buscar llegar o de compartir sus vicios. Quizá eso haga que en algún punto tenga que ver con «Coca» Sarli, aunque no lo había pensado. Pero sí, sí, tiene eso de reconocer que gusta a los hombres y que haría cualquier cosa con tal de llegar al estrellato. Tiene que ver con figuras de nivel muy popular y con literatura bajamente popular. Por ejemplo con una novela muy mala, «El valle de las muñecas» de Jacqueline Susann, mujer que escribía puras porquerías. Quise repensar esa literatura «rosa». Otro autor que fue punto de partida fue Irving Wallance con sus novelas de cama, de sexo sucio, fétido.
P.: ¿Y no pensó en vedettes de la TV chilena?
P.I.: Si se compara a la protagonista con las divas de la televisión chilena, o latinoamericana, es totalmente distinta. Porque buena parte de ellas siempre están ocultando algo, un amante joven o que le gusta emborracharse a las 2 de la tarde. Trate de alejarme del estereotipo que hay en latinoamérica, y en Chile específicamente, un país más cínico que el resto.
P.: Se podría pensar que retoma la narrativa de Manuel Puig, sin embargo al leerlo se lo nota más cerca de Breat Easton Ellis o Raymond Carver...
P.I.: Yo he mamado sobre todo la literatura del cine. Luego me interesó la escritura barata, sucia, de vacaciones, de quiosco. Después pasé a literatura más alta, más culta, pero mencionar el catálogo me parece una rutina de la banalidad de ciertos escritores. Para mi el cine fue clave para esta novela. Me gusta mucho el cine clase B, la película mala, me parece un estilo impactante, muy estimulante. Jesús Franco es, por ejemplo, un cineasta con muchos defectos pero muy prolífico y siempre ofrece algo que llama la atención. Se procupa de la carne, de los fluidos corporales, y eso me interesa.
P.: ¿En que lo marcó haber hecho TV, cine y estudiar creative writting en Estados Unidos?
P.I.: Escribir TV es para mi lo más importante, me dio como meta entretener, interesar, seducir, ofrecer una historia. La narrativa pesa más que el estilo. Haber estudiado en EE. UU. es importante, pero podría haberlo hecho en cualquier ciudad del mundo con intenso desarrollo de lo medios audiovisuales.
P.: ¿Qué le impuso esa búsqueda de la seducción narrativa?
P.I.: Esforzarme por la historia, por el acontecimiento y por ser fiel a una protagonista que se había propuesto llegar a ser una estrella. Y, por tanto, el tema de la fama, de las camas, de la fárandula. En TV el escritor tiene poca libertad, uno pelea con el productor, vive presionado, tiene que entregar el capítulo de la telenovela de forma urgente y que no decaiga jamás el interés. En los 50 minutos que dura la hora de TV se tiene que mantener siempre arriba. Busqué que eso estuviera en «Una mujer brutal». No creo que en mis obras futuras ocurra lo mismo. En esta hablo del mundo de la TV con un estilo de TV, con lo que aprendí en ese medio. Quise recuperar la TV para la literatura.
P.: Chile tuvo un mini boom de su literatura del que quedaron fijos algunos nombres como Alberto Fuguet o Marcela Serrano. ¿Como se siente respecto a aquel suceso cultural?
P.I.: Comencé a escribir cuando se volvía a hablar del primer boom, el de Donoso, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez. Me conecté con escritores jóvenes, mayores que yo, como Alberto Fuget y Sergio Gómez. Hablábamos de estructuras narrativas de Easton Elis, Bukowski, Salinger, Pynchon. Ellos estaban el suplemento «Zona de Contacto» del diario «El Mercurio». Me apadrinaron y fueron mis guías en las lecturas me decían lee a Carver, lee a Ford. Durante un par de años publiqué cuentos en esa revista. Fuguet fue un exponente muy importante, porque es un cinéfilo que pasa de hablar de David Lynch, en el momento en que estaba filmando «Terciopelo azul», a comentar películas malas, cuando lo fácil era hablar de las de alta cultura, de Tarkovski, de Wells o de Bergman. Eso me produjo un cambio: en la «baja cultura» podía haber una buena historia o personajes con densidad dramática. Lo que me enseñó la «nueva literatura chilena», no el «mini boom», fue muy importante.
P.I.: Con una novela uno no es novelista. Me gusta escribir, y escribo cuando hago un guión y cuando hago narrativa. Por supuesto, se tiene más libertad en la novela, en TV uno trabaja acotado. En un canal como en el que trabajé, hay escenas que no se pueden poner, hasta hace poco no podía escribir una escena de cama entre personas que no estuvieran casados. Temas como el aborto o el divorcio eran vetados. Ahora parece que cambió, pero no es tan así. Cuando escribí una telenovela en la que el protagonista era una cocainómano sin redención fue muy polémica. Uno aprende a trabajar en esos parámetros y al final logra pensar con mayor facilidad. El salto a la novela fue permitirme hacer lago para lo que no tenía permiso. Y, a la vez, tratando de ser fiel a lo que había hecho antes.
P.: Usted escribió y dirigió el corto «Ang goes» que se filmó en el West Village de a York...
P.I.: Fue un producto de los work shops donde estudiaba, un producto puramente experimental. Allí, en apenas 15 minutos, pude poner una historia y los dos temas que importan, a mi y a una gran parte de los narradores, el sexo y la muerte, acaso porque son comienzo y final de todo. Después se vio en varios festivales ligados con la escuela y tuvo buenas críticas, algunos dijeron que era «trash» y otros lo relacionaron con el cine de John Waters, que es como mi padre cinematográfico.
P.: ¿Qué prepara ahora?
P.I.: Una novela negra que tiene que ver con mi generación, la de los 30 años y, por lo tanto, nada que ver con «Una mujer brutal», que es una novela más abierta. Ahora me interesa contar del nuevo Chile, con los cambios que ha habido en los últimos años donde hay más temas de los que antes no se hablaba, pero que creo que son temas más de mesa, que de corazón.




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