24 de enero 2002 - 00:00

"Los historiadores serían más divertidos si leyeran a Freud"

Escena del film
Escena del film
(24/01/02) Punta del Este - «Antes no me gustaba conversar», dice el director catalán Vicente Aranda, tras charlar casi dos horas con este diario en los sillones del Jean Clevers Hotel. Poco antes, el público de «Europa, un cine de Punta», había aplaudido con admiración su drama histórico «Juana la Loca» (ver comentario de la muestra que terminó ayer en página 3), que ahora el realizador lleva a Los Angeles, con vista al Oscar. «No sé qué podamos hacer, pero los productores están entusiasmados, pues en cuatro meses la vieron dos millones y medio de españoles», comenta.

Periodista: ¿Cómo surgió este film?

Vicente Aranda:
Por derivación, como siempre. Se juntaron mis planteos sobre el carácter femenino, vagas nociones escolares, una vieja propuesta del cantante Víctor Manuel, y la visita de un productor, que en verdad había venido a ofrecerme otra cosa.

P.: ¿Y el recuerdo de «Locura de amor», que es todo un clásico?

V.A.: Creen que hice una remake, y se me erizan los cabellos. Rechazo desde el título. En 1850, ponerle a una obra de teatro «La locura de amor» era hasta atrevido. Lo mismo en 1948, cuando se hizo esa película franquista, ya sin el artículo «La». Pero hoy, aunque sea muy buen título, es una vulgaridad.

P.: ¿Por qué habla de «película franquista»?


V.A.:
Porque, más allá de sus méritos como melodrama, pertenece al tipo de cine histórico de esa época, con sus pautas de censura y su determinado contexto ideológico. Estamos hablando de la hija de los Reyes Católicos, supuestos creadores de España. Imposible decir entonces que la unión de España saliera de la capacidad reproductora de una loca. Era como una hippie, muy vital, que sale a beber bajo la lluvia, come la comida del pueblo, quiere dar de mamar a sus hijos (cuando la nobleza no daba la teta ni en broma), y tiene seis hijos, que luego serán todas testas coronadas. Cuando la mortalidad infantil era del 50%, a ella no se le muere nadie. Inclusive, por ese milagro de la dilatación que tienen algunas mujeres, al primero lo tiene en un retrete, que luego resulta que es Carlos V.

P.: Nunca escuché una opinión tan fea sobre Carlos V.


V.A.:
No lo dije con esa doble intención. Pero poca gente sabe que ella nunca abdicó, ni la depusieron. Prácticamente ambos cogobernaron, con la prudencia que recomienda Maquiavelo, y el hijo fue legalmente rey sólo cuando ella murió, a los 76 años, que entonces era mucho.

P.: Perdón, ¿qué locura tenía esta señora?


V.A.:
Hubiera escuchado recientemente a un notario decir que lo de loca vaya y pase, pero que tuviera tendencias eróticas le parecía un insulto. Pues bien, de la documentación se desprende que ella sufría de furor uterino con su marido. Había algo de familia, porque dicen que su hermano Juan murió de tanto follar con su mujer. Creo que de eso no muere nadie, y menos con la mujer, pero entonces los médicos creían que en tales circunstancias uno podía soltar el líquido de la espina dorsal. A Juana la casan jovencita, con Felipe el Hermoso, archiduque de Flandes, y realmente se apasiona, de un modo enfermizo, absorbente. Su madre Isabel tolera a las amantes de Fernando, cuyos hijos espurios son educados en la Corte, pero Juana entrega todo, y reclama todo. Encontró en Flandes una sociedad más permisiva, y se apuntó a eso con gran alegría. Inclusive cambió de confesor. Pero, por educación, no se animó a seguir la promiscuidad de su marido, ni pudo soportarla.

P.: Y cuando él muere...

P.: La leyenda empieza cuando dicen que ella tenía actitudes necrofílicas. Cierto que lo embalsamó, pero es leyenda que durante 47 años lo siguiera abrazando y besando y visitando todos los días, y que lo paseara por toda España, de noche, «porque una viuda que ha perdido la luz de su alma no debe exponerse jamás a la luz del día».

P.: Pero en la película de Juan de Orduña eso queda formidable.

V.A.:
Yo, por no decir lo mismo que Orduña, cualquier cosa. Pero reconozco que Orduña no lo inventa, lo inventa el pueblo. También reconozco que en mi versión he alterado algunas partes, por razones de síntesis dramática (debía contar muchas cosas en sólo dos horas), y que me olvido de la religión. Comprenda, no fui bautizado, ni he bautizado a mis hijas. Pero debí apuntar algo sobre los 400 procesos de la Inquisición, que Felipe llegó a interrumpir. No hubo época más notable que esa de comienzos del Siglo XVI: en menos de cincuenta años la Tierra se hace redonda, gira alrededor del Sol, se imponen la imprenta, Lutero, el Renacimiento, y luego Carlos V gasta la plata de América para evitar que Europa sea de los turcos. Ahí seguimos: todo ese problema de los Balcanes y el resto, no nos lo cuentan bien. Y para inaugurar esa época, Isabel le da a Colón sólo tres carabelas, y al casamiento de Juana en los Países Bajos manda 120 barcos engalanados. ¡Para ella lo más importante era el casamiento de la hija!

P.: ¿Cómo sintetizar tantas cosas interesantes?


V.A.:
Aclaro, ésta es una historia pasional, agobiada por un trasfondo que yo ofrezco en pocas pinceladas. Lo principal es ella. De todos modos, estoy a favor del didactismo, y me gusta aprender. Dicen que para eso veamos documentales, pero los documentales, igual que los historiadores, no suelen aplicar fórmulas freudianas. Es cierto, los historiadores no son propicios a la psiquiatría, no han leído a Freud, de otro modo sus libros serían más divertidos y tendrían más morbo que la revista «Hola». En mi película hago eso. De la pasión de Juana solo puedo sacar unas conclusiones especulativas, nunca una estricta verdad histórica. Pero tal vez la verdad no sea tan necesaria, o tan útil para la gente de hoy día, como las conclusiones positivas a las que lleguemos, sobre esa mujer exacerbada de amor. Por las cocinas andas a cientos.

P.: Ahora que lo menciona, pienso en la sirvientita de «Amantes» que hacía Maribel Verdú...


V.A.:
Pensé en ella como protagonista, e hicimos algunas pruebas, pero no daba el personaje a los 16 años. «Me hago trenzas y parezco de 16», decía Maribel. Qué va, ni con trenzas ni con aureola. Busqué una actriz poco conocida. Era un riesgo que debía tomar. Algo debí notar en un casting, con Pilar López de Ayala. Le hice pruebas, seguí con más pruebas, pedí a los productores que le buscaran una entrenadora, juntas estuvieron trabajando el personaje, todos los días, todos los días, durante cuatro meses... Si no daba, la hubiera cambiado, porque lo primero es la película. Pero acertamos. Pilar es una actriz impresionante. Tenía 22 años, un día parecía de 16, otro de 35. El descubrimiento de una actriz siempre es algo agradecido. Yo agradezco, la crítica y el público agradecen. Gran parte del mérito de la película es suyo.

P.: ¿Y ahora?

V.A.: Quiero seguir con cosas complicadas. Cuando vuelva a Madrid, retomaré un nuevo proyecto: «Carmen», pero no la ópera, sino el libro de Prospero Merimée, una novela moderna, casi barojiana, y ¡con qué mujer!

Dejá tu comentario

Te puede interesar