26 de diciembre 2000 - 00:00
"Los hombres definen mejor que las mujeres lo humano"
-
La intimidad como territorio de descubrimiento
-
"The Mad King", la precuela teatral de "Game of Thrones" confirmó su fecha de estreno
La escritora Yasmina Reza.
Yasmina Reza es socióloga, realizó estudios de teatro en Nanterre, donde fracasó en su intento de entrar en el conservatorio, lo que sigue considerando «una injusticia atroz». Entregada a la escritura ha creado un estilo muy personal y lleno de humor, que la ha consagrado como dramaturga.
Periodista: Usted se ríe constantemente y afirma en su último libro, «Una desolación», que «un hombre alegre es superior a un hombre feliz».
Yasmina Reza: Mi libro es un elogio de la risa, de la capacidad de reírse de lo más terrible. Una de las cosas más importantes es poder compartir la risa. No puedo imaginar un signo de mayor complicidad que la risa. Yo me río mucho y un hombre que no sepa reír no me puede seducir. Si no me río con alguien, es como si la relación no existiera; es más, me gustaría que mi hijo y mi hija recordaran de mí que era alegre, que sabía reír. Ser feliz es poder reír con la gente, y reírse aun de los errores de la vida.
Y.R.: Definitivamente pesimista: se tiende a lo fácil y el mundo contemporáneo ofrece todas las facilidades. Los optimistas incurables me aburren.
P.: ¿Así que no le fascina el mundo contemporáneo?
Y.R.: Vivo mi época sin darle importancia. No me interesa porque no encuentro ningún valor estable. La gente ansía «ser alguien de su tiempo» y corre tras la modernidad. La modernidad se ha convertido en un valor por sí sola cuando es un espíritu artificial. Todo es consumible, todo se puede tirar. Y se han rebajado a tal punto los buenos sentimientos que se ha olvidado que el mal es peligroso.
P.: Sus mayores enemigos son el tiempo y el aburrimiento, muy presentes en su obra...
Y.R.: No le temo a la soledad ni al silencio, sino al aburrimiento, a la falta de humor, a la falta de distancia e inteligencia. Me aburro rápidamente no cuando estoy sola sino con la gente, en sociedad, porque las relaciones que se entablan no son profundas. Todo queda en la superficie, se habla de lo mismo y ahora, para colmo, como soy conocida, hablan de mí. Y no hay nada más aburrido y mortal que cuando se es constantemente el centro de interés.
P.:Y el tiempo, ¿en qué sentido es su enemigo?
Y.R.: Mi sentimiento es que la vida es lenta y el tiempo es corto. Transcurre demasiado rápido y las cosas no llegan justo en el momento que deben llegar.
P.: Usted habla de la soledad y afirma que «nada llega a la altura del deseo más que la soledad» ¿No es frustrante?
Y.R.: Lo escribo porque creo que el sentimiento de la soledad es el más fuerte y el más presente en la vida. Una vive sola y cuanto más aclamada, conocida y recompensada se es, más sola se está, porque una se da cuenta de que en el fondo no cambia nada. En la soledad hay una connotación positiva y otra negativa. Necesito la primera y, sin duda, mis aficiones requieren de «cierta» soledad, desde la música a los paseos por la montaña.
P.: Usted, como dramaturga, es una gran observadora de las complejas relaciones y sentimientos humanos y, para analizarlos en su obra, curiosamente pone a los hombres como intérpretes ¿Por qué?
Y.R.: Me siento más cómoda haciendo hablar a un hombre que a una mujer. Es como una máscara detrás de la cual me escondo y puedo decir así mejor las cosas. Es más sutil. Con una mujer tendría la impresión de revelarme a mí misma. Por otra parte, en el universo masculino hay más niveles de lenguaje: un hombre puede hablar con fórmulas triviales o en lunfardo y no resultar vulgar, mientras que esas mismas expresiones en la boca de una mujer se convierten automáticamente en ordinarias. Por otra parte, el hombre está más cerca de la metafísica que la mujer. En la mayoría de los hombres se puede encontrar una nostalgia del heroísmo. Quizás esto resulte retrógrado como pensamiento, pero es el mío y creo que el género humano está mejor definido en el hombre que en la mujer. Aun en este hombre propuesto por la cultura actual, totalmente purgado de claroscuros, de su fuerza, de su violencia, anormalmente edulcorado. Pero, vale recordar que todos los grandes mitos son masculinos y, desde pequeña, mis ídolos eran grandes hombres con grandes destinos: Beethoven, Tolstoi o Dostoievski, hombres fuera de normas, excesivos o inmorales, pero no cotidianos.
P.: Y ¿qué deja para las mujeres?
Y.R.: Tantas cosas... La sutileza. Estoy convencida de «la superioridad de las mujeres» y la prueba más obvia es nuestro talento y facilidad de aliar lo fútil a lo profundo. Es muy femenino poder pasar de temas muy profundos a temas completamente superficiales, y eso es formidable. Soy coqueta y no entiendo la incompatibilidad de una cierta profundidad en mi escritura y un toque frívolo en la existencia. Al principio me molestaban las críticas que me hacían y que no me respetaran como escritora por esa razón, pero nunca anulé ese aspecto de mi personalidad. En los países anglosajones, las escritoras se vuelven masculinas porque, de otro modo, no las toman en serio. El que una mujer sea coqueta, el que dé importancia a cómo se viste o revise las fotos que le hacen, como es mi caso, automáticamente endosa una sombra sobre su propia literatura como si la frivolidad del comportamiento femenino se proyectase sobre la escritura. Para burlarme de esa postura absurda, en alguna entrevista que me hicieron en Inglaterra sacaba a propósito mi lápiz de labios en medio de la conversación y me pintaba. Al final se reflejaba en los diarios que yo tenía «el chic parisino» ¿No es divertido?
P.: Escribir «Art» le llevó un mes y medio, ¿cuánto le llevó su novela «Una desolación»?
Y.R.: Un año y medio, pero de una manera muy discontinua porque viajaba mucho. Lo escribí en el período del gran éxito de «Art», obra con la que he viajado por todo el mundo. Escribía en los aeropuertos, en los aviones, en cualquier lugar. Tengo una gran facilidad de concentración, de aislarme del medio, y cuando estoy en plena fiebre de escritura, nada cambia a mi alrededor. No tengo necesidad de nada especial para escribir. Simplemente, miro al interior.
P.: ¿Qué diferencia encuentra entre teatro y novela?
Y.R.: Ya se sabe cuáles son los límites del teatro: ritmo, lugar, tiempo. Lo que no siempre se dice es que él teatro usa la técnica del silencio, de los que no se está diciendo, del subtexto. Se busca lo que las palabras permiten no decir. Y eso es algo que los novelistas no hacen, ellos escriben mucho, escriben todo.
P.: Ama las palabras...
Y.R.: Las palabras son el símbolo de la personalidad. Adoro las palabras, casi nos tocan. A mi padre, que era pianista aficionado, le debo mi puntuación y mi forma de escribir más musical que intelectual.
P.: ¿Es cierto que trabajó como actriz de teatro a los veinte años?
Y.R.: Sí, pero enseguida comprendí que sería un destino doloroso y difícil. Ser actriz es terrible, porque una es esclava del deseo ajeno.
P.: Lógicamente, pronto se entregó a la escritura.
Y.R.: Para mí fue algo evidente. Cuando estaba en el colegio, era una alumna media nada excepcional y la única asignatura donde me destacaba era en literatura. Los profesores llamaron a mis padres en varias ocasiones para decirles que tenía una redacción excepcional para un niña de mi edad. Así que desde pequeña me metieron en la cabeza que tenía talento literario. Pero tuve que luchar por todas las cosas que he logrado, nada me fue dado.




Dejá tu comentario