Lutherapia: memorias de los días de "shule"

Espectáculos

Amán ocupa un lugar curioso en la historiadel pueblo judío: a pesar de ser uno de los personajes más crueles, terminó siendo protagonista de lo que podría calificarse libremente como una ópera bufa bíblica.

Amán, primer ministro de Persia, intentó llevar a cabo una de las primeras masacres masivas de judíos, que fue detenida por la reina Ester, casada con el rey persa Asuero. El episodio se recuerda en la fiesta de Purim, la más alegre del calendario hebreo, y cada vez que el nombre de Amán es leído en la ceremonia, todos los concurrentes a la sinagoga -grandes y chicos- deben gritar, hacer ruido y abuchearlo justamente para que sea « borrado» de la memoria.

Quizás Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich hayan recordado sus días de «shule» judío al escribir el número «El Cruzado, el Arcángel y la Harpía», uno de los más festejados del último espectáculo de Les Luthiers, intitulado «Lutherapia». Allí el nombre que provoca los abucheos de sus cinco miembros es el de Saladino, emperador musulmán que mantenía en su poder a Jerusalén contra los cruzados. Lo curioso (o no) es que el público, que sin duda alguna en su mayoría nunca estuvo en una sinagoga, función tras función acompaña los abucheos a Saladino que llegan desde el escenario recreando el ambiente festivo de Purim.

Esta fiesta, además, es la única en que se le permite a los judíos bener alcohol hasta confundir los nombres de los protagonistas de la historia. Les Luthiers consiguen este efecto de embriaguez entre los espectadores sin necesidad de una gota de alcohol, apenas con su habitual humor inteligente, limpio y -por qué no- judío en la mejor tradición de grandes como Woody Allen, Groucho Marx, George Burns o Sid Caesar.

Les Luthiers están «grandecitos», lo mismo que buena parte de su público. Y sin embargo -o quizás a favor de eso- sus espectáculos mantienen la frescura de sus inicios en teatros mucho más marginales y menos tecnificados que el Gran Rex.

En tren de buscar puntos de contacto con una religiosidad que el grupo siempre incluyó en sus shows, no puede obviarse el número «El Día del Final»; las referencias al Iom Kippur (el día de la expiación) son más que obvias y están allí para quien quiera verlas: la apertura y el cierre de las Puertas del Cielo a determinados día y hora, y el pedido de perdón a Dios por los pecados cometidos.

Es posible que algunos de los espectadores que están yendo al Gran Rex a ver «Lutherapia» por estos días tuvieron su primer contacto con Les Luthiers en el teatro IFT (Iddische Folk Theater) hace casi cuatro décadas. No es aventurado pensar que casi todos mutaron de ideología, de posición socioeconómica y hasta de postura frente a la religión. Si es el caso de Les Luthiers, no se les nota: su show sigue siendo una mezcla de caricia para melómanos (notable el número «Rhapsody in Balls», dúo para piano y especie de órgano de tubos accionado con el aire que sale de minipelotas de básquet), historias basadas en la Historia, originalidad sorprendente (la «balada, mugida y relinchada») y guiños al pasado (el vals geriátrico «Pasión Bucólica»).

Afortunadamente no tienen lugar los chistes políticos, la actualidad o el oportunismo ideológico.

En un tiempo en que el país parece abrazar sin reservas las escatológicas exhibiciones diarias de glúteos y pectorales siliconados que traen los programas más populares de la TV y muchos de los escenarios porteños, que Buenos Aires tenga en su cartelera un show como «Lutherapia» es un soplo de aire fresco. De todos modos, que el público quede avisado: la palabrota más fuerte que profieren Les Luthiers en casi dos horas de actuación es «Epistemología».

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