Jacques-Pierre Amette «La amante de Brecht» (Barcelona, Tusquets, 2004, 198 págs.) ese a lo prometedor de su P título la última novela del escritor, dramaturgo y crítico literario francés Jacques-Pierre Amette no se ocupa de analizar la controvertida vida amorosa de Bertolt Brecht, y tampoco da demasiada cuenta de su producción teatral y literaria, a excepción de algunos bellos epígrafes con fragmentos de sus poemas que se incluyen al comienzo de cada capítulo. Amette se sirve de algunos episodios reales, ocurridos entre 1948 y 1956 (desde el regreso de Brecht a Alemania tras una conflictiva estadía en EE.UU. hasta su muerte en Berlín de un ataque al corazón). Con ellos desarrolla una trama de espionaje y amores fracasados por la que obtuvo en el 2003 el Premio Goncourt.
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El autor de «Mahagonny», «La ópera de tres centavos» y «Galileo Galilei» -entre tantas otras obras- es presentado como arquetipo del artista acosado por un régimen político totalitario que para defender su libertad de expresión debe apelar a un engañoso gatopardismo.
En los años de la guerra fría Brecht es recibido en Berlín con todos los honores, pero de inmediato es puesto en la mira de las autoridades comunistas, quienes desconfían de su lealtad ideológica y, más aún, de sus supuestas intenciones de «educar al pueblo» a través del teatro. La bella actriz austríaca María Eich (personaje imaginario, que Amette convierte en principal protagonista) será la encargada de vigilar al controvertido autor, con quien se encuentra ensayando la «Antígona» de Sófocles. Su misión responde a la necesidad de borrar los bochornosos antecedentes nazis de su padre y su ex marido, y a la joven actriz le resulta muy sencillo seducir al irrefrenable Brecht, siempre dispuesto a mezclar sexo y trabajo. Como es sabido todas sus esposas y amantes resultaron incansables colaboradoras que -a excepción de Helene Weigel, celebrada intérprete de «Madre Coraje»- trabajaron en la sombra y sin ningún reconocimiento de su parte, víctimas del talento y de la fascinante personalidad del dramaturgo. Sin embargo, este particular encanto no se percibe en la novela, donde Brecht es más un nombre conocido que un auténtico personaje. Su presencia carece de carnadura y siempre aparece filtrada por la mucho menos carismática actividad de María Eich. Amette dedica varios tramos al affaire platónico que María comparte con uno de los agentes secretos, pero esa historia carece de interés y desdibuja aún más los breves flashes de intimidad dedicados al escurridizo Brecht. Aún así la novela acierta en su desoladora evocación de una Alemania embrutecida por la guerra. Patricia Espinosa
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