«Hoteles» (id., Argentina, 2003, habl. en esp., ruso y guaraní). Guión y Dir.: A. Paparella. Int.: N. Amaya, F. Carballo, A. Paz, J. Richter, A. Giu y otros.
A unque sea cierto, decir que esta película de Aldo Paparella cuenta cinco historias de relaciones sexuales en otras tantas partes del mundo causaría pobres ilusiones y enojosos desengaños. Además de que en algún caso ni siquiera hay historia, el autor se ha puesto conciente y decididamente de espaldas a la tradición picaresca habitual ( rioplatense, china o lo que sea) que el espectador común acostumbra ver. En ese sentido, tampoco ayudan las promociones progres que le hacen el elogio por sus planos de sexo explicito. Es cierto, hay varias situaciones coitales, incluso lésbicas, que pueden atraer al voyeur, pero su erotismo es tortuoso, y el tono general es intelectual, experimental, hermético.
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Digamos mejor, entonces, que esta película plantea cinco situaciones sobre las angustias humanas que ni las descargas sexuales pueden aplacar (y a veces, al contrario, contribuyen a incrementar).
Y mejor aun, aceptando su mirada intelectual, digamos que plantea, en cinco situaciones muy diversas, cada una en muy diverso contexto y sentido de la realidad o de la metáfora, el encuentro del ser humano con los signos de una cultura global que lo sorprenden, lo atraen, y lo distraen, y hasta pueden destruirlo sin ayudarlo a comprender. O cuanto mucho, a algunos personajes pueden servirle de adorno, o de respaldo masturbatorio.
•Reacciones
El voyeur convencional saldrá fastidiado. El más refinado encontrará toques morbosos estilo Walerian Borowicz, trabajos de fundidos y saturaciones cromáticas, música y sonidos particulares, un montaje sugestivo, no siempre comprensible, sobre la base de pequeños objetos culturales, ciertos juegos literarios que pecan de frivolizantes, pretenciosos; una propuesta de reflexión enteramente armada sobre fotos fijas a lo Chris Marker, un cuento amargo que tanto da que pase en Asunción como en Dock Sud, y, menos mal, también unas buenas colas en movimiento o en pose perfecta.
En suma, un trabajo un poco estirado y monocorde, y que a algunos personajes de esos tipo «postcoitum, animal triste» parece que les sobrara el tiempo para dar vueltas con cara de nada y sin hacer nada, mientras el espectador se revuelve quince minutos en el asiento.
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