Más un Isidoro que un maquinador político

Espectáculos

«Ay, Juancito» (Argentina, 2004, habl. en español). Dir.: H. Olivera. Guión: J.P. Feinmann, H. Olivera. Int.: A. Navarro,I. Estévez, L. Bredice, L. Novoa, J. Marrale, N. Aleandro, A. Awada, C. Portaluppi, A. Pozzobon, C. Font.

Diversos diálogos de esta tragicomedia sobre el poder peronista repiten, casi como claves, dos palabras: «pueblo», y «prudencia». Sinceros o no, varios personajes se arrogan la defensa o representación del pueblo, pero éste apenas aparece en un noticioso (breve y tocante) y un bautismo (bien rematado por una extra). En cambio, prudencia e imprudencia surgen a todo lo largo, en cuestiones de cama y de política de los personajes, tanto como en la cuestión existencial del mismo film.

El mismo personaje real en que se basa la obra, Juan Duarte, hacía gala de sus imprudencias, que eran ostentación de vida, o de confiada impunidad, y también eran manifestación de miedo. Acá se representan sus enredos de mujeres, sus negocios de intermediario cuando el desabastecimiento, su infantil dependencia de los parientes, Juan y Eva Perón, nada menos, su angustia ante la enfermedad y el abandono.

El mismo año en que
Homero Manzi definía al pueblo argentino como «un adolescente bien alimentado», nuestro personaje se proclamaba «fenómeno, sano, alegre, eterno como el peronismo». Unos dicen que después se mató en la pieza de Eva. Otros, que en la suya, o que ahí lo llevaron enseguida. Unos, que dejó una carta con palabras de lealtad y decepción.

Otros, que sus últimas palabras fueron
«No tiren, muchachos». Héctor Olivera es prudente en cuanto a teorías criminalistas e incriminación de figuras públicas, al punto quizás excesivo de volver irreconociblesa las dos amigas más conocidas de Duarte, las actrices Elina Colomer y Fanny Navarro. Peor todavía, mantiene un tono sosegado, algo tieso, justo en una historia de gente apasionada y fiestera. Poco lo ayuda el guión en ese aspecto. Pero igual sabe pintarnos un típico ser nacional, el cancherito simpático, medio nene de mamá, medio Isidorito Cañones, encima pariente cercano de poderosos que hacen la vista gorda.

El director también sabe lucirse con los intérpretes (a señalar, el debutante
Adrián Navarro como protagonista), y la atractiva evocación de una época que él mismo vivió cuando se iniciaba en el negocio del cine, evocación concretada por el excelente director de arte de Santiago Elder, engalanada con la glamorosa colección de vestidos y bisuterías de Horace Lannes, y matizada con humorismo de conocedores: por ejemplo, lo primero que se oye, abriendo el relato, es la Marcha de la Libertadora, toda entera.

Al fin, volcando la balanza, es decididamente imprudente,
Olivera, dándose el gusto de hacer una producción tan cuidadosa de las ambientaciones, los trajes a medida, y los diálogos polémicos, bien de un luchador experto y entusiasta que quiere revivir la industria cinematográfica. Pero en este caso, su imprudencia tiene algo de glorioso. Ojalá abra camino para acercarnos a mirar otros aspectos de nuestra historia, y de nuestras malas y argentinísimas costumbres.

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